¡Abajo las divas! (o el miedo al reinado femenino)


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Es probable que en vacaciones cueste más de la cuenta leer artículos, pero hace un par de días hubo uno de la compañera Beatriz Serrano que me atrapó sobre Britney Spears y el despecho hecho negocio de Justin Timberlake. Y es que, por muy adorable que parezca Justin con su sonrisa de película, hay una realidad innegable que es que ha utilizado su relación con Britney durante estos años en su propio beneficio, mientras ella no le ha mencionado ni una vez. Y otra realidad incuestionable, como también recoge el artículo, es que Britney Spears es un icono de la cultura pop mientras que Justin es un reflejo más del eclipse de luz que es Britney.

“Novia de”, “Esposa de”, “Ex de”… Las mujeres hemos vivido durante años (siglos) bajo este yugo. No importa que seas una deportista de élite o una actriz premiada, que si tu pareja (masculina) también es famosa, serás conocida como una extensión de él, como una “mujer de”. Y quizá por esta razón, cuando hay mujeres que se salen de esta norma como Britney Spears, a la que ni Justin ni ningún otro hombre han logrado hacer sombra, es muy común tratar de desprestigiarlas, de tumbar su carrera, de minimizar sus logros.

Continuando con Britney, este desprestigio no viene solo por parte de ex como Justin, sino de la prensa y de la sociedad en general. Cuando dejó de ser la joven de 18 años virgen y angelical que entonaba Hit me baby one more time y pasó por malas rachas, no todos la ayudaron. Más bien al contrario: mira Britney qué loca, mira Britney cómo se rapa el pelo, mira Britney qué gorda, mira Britney cómo se droga… Es decir, alegrarse de la desgracia ajena y ridiculizar a una cantante de pop que marcó un antes y un después.

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Incluso la versión calva de Britney tiene más flow que tú.

Pero Britney no ha sido la única. La que muchos se empeñaban de colocar como su archienemiga, Christina Aguilera, también ha sido el blanco de las críticas. ¿O es que nadie recuerda las fotos y crueles comentarios a su subida de peso? Los integrantes de los Backstreet Boys también envejecen y engordan, pero es a Xtina a la que se juzga por no lucir la delgada silueta de cuando era adolescente. Y, como siempre, su torrente de voz y su talento pasan a un segundo plano.

A Madonna también le han pasado cosas parecidas, ya no solo en los 80 en plena cumbre, sino en la actualidad. “Demasiado vieja para bailar”, “demasiado vieja para enseñar piernas”, “demasiado vieja para morrearse con Brtiney Spears”, “demasiado vieja para hacer lo que le viene en gana”.

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Reina(s)

Y si nos centramos en las teen idols actuales, observamos que el patrón no varía demasiado. Yo misma me incluyo en el grupo de personas que criticaba a Miley Cyrus por cambiar su estilo. ¿Es que acaso Miley no tiene derecho a decidir lo que quiere ser y hacer dentro y fuera del escenario? ¿Es que eso la hace menos diva que otras artistas?

Después vino Selena Gomez, a la que se criminalizó por, supuestamente, romper el corazón a Justin Bieber. Y hablando de Justin Bieber… nadie se echó las manos a la cabeza cuando tuvo problemas con las drogas de la misma forma que con estrellas femeninas como Demi Lovato.

En definitiva, cuando una mujer alcanza la cima por sus méritos, ya sea Britney, Dolly Parton o Rosalía, siempre hay toda una corriente que quiere frenar su ascenso. Es el miedo al reinado femenino, al poder de las mujeres. Afortunadamente, no son más que piedras en el camino para estrellas destinadas a brillar

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El machismo la toma con el Batman de Robert Pattinson


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No es la primera vez que pasa. Tras conocerse la noticia de que el actor Robert Pattinson está en negociaciones para encarnar a Batman en la próxima película del superhéroe, las críticas de los haters no se han hecho esperar. Ha estallado toda una campaña contra el actor, como también sucedió con el Joker de Heath Ledger (papel por el que obtuvo un Óscar) o con el Christian Grey de Charlie Hunnam (en este caso, la presión surtió efecto y el papel de Grey acabó en manos de Jamie Dornan).

Sin embargo, hay algo en el caso de Pattinson que va más allá del postureo cinéfilo hater. Y es que lo grave no es que se esté criticando a un actor por un papel que AÚN ni siquiera ha encarnado, sino el tinte machista y cavernícola que hay detrás de muchas de esas críticas (no todas, está claro, pero sí muchas de ellas).

Yendo al grano: ¿cómo va a interpretar a Batman el actor que dio vida a Edward Cullen, un vampiro de un best seller juvenil que enamoró a miles de chicas? Y no nos referimos a si el trabajo de Pattinson como Cullen fuera bueno o no, porque muchas de las críticas no van por ahí. De lo que se ríen o lo que causa gracia es que un vampiro que brilla, un protagonista de una saga romántica, un crush de adolescentes, vaya a interpretar a Batman, al Batman duro y machito de fans machitos que creen que Batman es de su propiedad.

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Uno de los “graciosísimos” memes ridiculizando a Pattinson.

Por eso, muchas de las críticas no juzgan las dotes interpretativas de Robert Pattinson, ni si se puede parecer físicamente al superhéroe de Gotham; lo que juzgan es que formó parte de una saga juvenil, su falta de hombría para protagonizar Batman. Les pica, les fastidia, les duele, les escuece, de la misma forma que tampoco pudieron soportar el protagonismo que ha tenido Capitana Marvel o que estrenaran una versión de Los Cazafantasmas protagonizada por mujeres. Porque claro, ¿a santo de qué están invadiendo las mujeres su mundo de machitos? ¿A santo de qué Robert Pattinson se atrevería a pasar de enamorar a Bella Swan a aniquilar villanos vestido de murciélago?

Se tiende mucho a llamar histéricas a las grouppies y adolescentes fans de fenómenos como Crepúsculo o Justin Bieber. Se tiende a ridiculizarlas, a burlarse de la emoción que sienten por sus ídolos. Pero, finalmente, la pataleta con el tema Batman ya ha dejado claro quiénes son los verdaderos histéricos

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¿Por qué se exige más a las películas ‘de mujeres’?


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Odio las etiquetas, las odio mucho. Y, a pesar de eso, he empezado este artículo con una. Con películas ‘de mujeres’ me refiero a filmes con un reparto mayoritariamente femenino, a remakes y nuevas versiones de pelis con actrices femeninas o a géneros copados generalmente por hombres y que ahora protagonizan mujeres.

Pero vayamos al quid de la cuestión: lo que sucede con estas películas (sobre todo con las dos últimas tipologías) es que suelen ser juzgadas más duramente que sus homónimas masculinas. Es decir, se les exige mucha más calidad o incluso se presupone que van a ser malas o que son innecesarias incluso antes de que se hayan estrenado.

Charlando el otro día con una amiga, repasamos algunos ejemplos de películas en las que la vara de medir era mucho más implacable por su componente femenino (y feminista). Para mí, estos son los dos más ilustrativos:

Las Cazafantasmas (2016)

Cuando se anunció el reboot de Los Cazafantasmas (1984), estalló la polémica. Y no fue solo por temor a que no le hicieran justicia a un clásico ochentero tan mítico como aquel, sino porque iba a ser protagonizada por mujeres. Al menos, eso dejaban entrever las críticas, que daban por hecho que el reparto femenino no iba a dar la talla, que las actrices seguro que no iban a ser tan graciosas como Bill Murray y compañía, que no tenía sentido que unas mujeres se enfrentaran con fantasmas, y un largo etcétera. Pero lo grave no es que haya gente a la que no le gustara Las Cazafantasmas, lo cual puede ser perfectamente entendible, sino la dureza y rechazo hacia una película que aún no había visto la luz.

Algo similar pasó con Ocean’s 8 (2018), que aunque no generó tanto odio, sí tuvo que enfrentarse a burlas y quejas previo a su estreno. Y no me refiero solo a los comentarios de más bajeza que se resumen en “Las mujeres A FREGAR”, sino también a esos críticos de cine en potencia que reclamaban que esta entrega fuera un auténtico peliculón. De sus predecesoras (Ocean’s 11, 12 y 13) nunca se esperó gran cosa; al fin y al cabo, solo eran pelis ‘de robos’ cuya función es entretener al espectador. Pero como ahora son las mujeres las que roban, las que lideran, las que están en situación de poder, se exige un nivel mucho más alto. Y no tiene sentido, porque igual que si vas al cine a ver Fast and Furious sabes que simplemente vas a pasar un buen rato y no a ver una obra maestra, no demandes lo contrario solo porque ahora las protagonistas sean mujeres.

Capitana Marvel (2019)

El otro grupo de pelis que no son medidas con el mismo rasero cuando la óptica es femenina comprende aquellos géneros más masculinizados, como el de acción o la ciencia ficción. ¿O es que alguien puede olvidar las críticas a Mad Max: Fury Road (2015) por su óptica feminista?

De ello tampoco se escapan las películas de superhéroes. Cuando la mujer deja de ser un simple complemento del héroe o una doncella en apuros, las críticas no se hacen esperar. Pasó con Wonder Woman (2017) y está volviendo a pasar con Capitana Marvel (2019). Que si hay que boicotear esta película, que si todo es culpa de las feminazis, que si el feminismo se está cargando la esencia de Marvel… (Cuando, ojo, Capitana Marvel es un personaje de los cómics de MARVEL que existe DESDE 1968).

Así que no, las películas ‘de mujeres’ no tienen por qué ser malas. Pueden serlo, o pueden no serlo, como las protagonizadas por hombres. Pero, al menos, hay que dignarse a ver la película antes de juzgarla y exigir la misma calidad que le pedirías a cualquier otra. Y no, no son innecesarias ni una forma de “quedar bien” con el feminismo. Si hay algo que Hollywood hace constantemente es versionar, continuar y referenciar películas antiguas. Y no solo creando nuevas historias en las que las mujeres ocupan más protagonismo, sino también cambiando la procedencia o etnia de los protagonistas, el enfoque de la trama, etc. ¡Si hasta van a sacar una película de acción real del videojuego Sonic! Y sí, quizá la peli de Sonic o la de Capitana Marvel puedan ser desastrosas, o quizá nos acaben encantando. Pero dejemos que nosotros mismos lo descubramos.

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10 cosas que oirás en las cenas de Navidad si eres feminista (y cómo responder)


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Luces de colores, bandejas de turrón y reuniones familiares. Todo suena muy bonito, pacífico y tierno hasta que, como cada año, tienes que enfrentarte a los comentarios absurdos de turno. Que sí, que cualquier persona feminista se enfrenta a ellos cada día, pero en las cenas navideñas el “Ni machismo ni feminismo, igualdad” resuena más fuerte que cualquier villancico…

1. “¿Qué tal va todo? ¿Aún sin novio?”

– “Gracias por interesarte por mi salud. O por mis estudios. O por mi trabajo. O por si estoy cumpliendo mis metas. O por si soy feliz. Gracias por basarlo todo en si tengo pareja. No, ahora no tengo novio porque no es mi prioridad en la vida. O porque prefiero tener novia, quién sabe…”

2. “Iba a contar un chiste verde, pero como tú te ofendes por todo… jeje”

– “No me ofendo por todo, pero es que el humor machista hace tiempo que pasó de moda. En el Paleolítico, concretamente”

3. “Pobrecita la chica esta a la que han violado. Pero claro, iba sola por la calle a esas horas… Y a saber qué llevaba puesto”

– “Vaya, pobrecito tú cuando te roben la cartera. Pero seguro que ibas provocando, y a esas horas de la noche…”

4. “La única solución a la violaciones y asesinatos es la prisión permanente revisable. O que le corten los huevos directamente”

– “No, la única solución es la educación. Y que no nos llaméis exageradas cada vez que pedimos que no nos tratéis a las mujeres como objetos”

5. “La Ley de Violencia de Género es un negocio del feminismo. Todos los géneros sufren violencia”

– “Mientras que a ti lo “máximo” que te puede pasar es que te atraquen, las mujeres tememos acabar violadas y tiradas en una cuneta cada vez que salimos de fiesta. O a correr. O a comprar el pan”

6. “Los hombres también sufrimos, las denuncias falsas nos arruinan la vida”

– “Claro que hay que preocuparse por las denuncias falsas (únicamente un 0,1% según datos oficiales de la Fiscalía General del Estado), pero más aún por las denuncias que no llegan a hacerse, por todas esas mujeres que no se atreven a denunciar y acaban en la tumba”

7. “Lo que no se puede permitir es que un hombre pase la noche en un calabozo porque una mujer le denuncie”

– “Lo que no se puede permitir es que una mujer pase el resto de su existencia en un ataúd. Y no, la simple palabra de una mujer no envía al calabozo a un hombre. Para que sea detenido, un juez tiene que considerar que hay un riesgo extremo de peligro para la víctima”

8. “¿A ti te molesta que te piropeen por la calle? Si es un halago, hombre”

– “Tan halago no es cuando solo me ocurre si voy sola o con amigas. ¿Por qué cuando voy con mi novio, padre o un amigo no me pasa? Si es solo un halago y no hay falta de respeto, hombre…”

9. “Esta presentadora es guapa, pero se nota que está operada”

– “Las mujeres somos más que físico. Dejad de juzgar a las que pasan por el quirófano y a las que no lo hacen, las que disfrutan maquillándose y las que pasan de ello. Y opérate tú el cerebro, anda”

9. “¿Otra manifestación feminista en la tele? Qué pesadas, ¿no?”

– “96 feminicidios en 2018, desigualdad salarial, violaciones en grupo… Pero oye, sí, discúlpanos por ser pesadas”

10. “Pero, entonces… ¿sigues con la tontería esta del feminismo?”

– “Sí, sigo. Más que nunca. Y te van a hacer falta muchas cenas navideñas para quitarme la ‘tontería’ del feminismo”

Mucho ánimo, toma aire y… ¡¡Feliz Navidad!!

 

 

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Quiero ser hombre y futbolista


Hoy me he dado cuenta de que me he equivocado de profesión. Y de sexo. ¿Por qué no habré nacido hombre y futbolista?

Por la boca muere el pez, y así lo ha demostrado el periodista deportivo Juanma Castaño, que en una tertulia radiofónica ha defendido que “los futbolistas no se pueden levantar a cuidar de los niños porque viven de su descanso”. Claro, pobrecitos.

El cuidado de los hijos debe ser una tarea compartida entre ambos progenitores. Menos si el padre es futbolista, claro. En ese caso, no hay corresponsabilidad que valga. Merecen descansar y no pueden permitirse perder el tiempo calmando a SUS hijos, limpiando cacas o preparando biberones. ¡Para nada!

A ver, es que es lógico, ¿no? Los futbolistas necesitan descansar. Pero las mujeres que se parten la espalda limpiando escaleras y habitaciones de hotel -un oficio mayoritariamente femenino- por apenas 3 euros la hora, no. Tampoco los mineros que se juegan su salud cada día. Ni todos aquellos que pasan como mínimo 8 horas en una oficina. Ni los periodistas que trabajan bajo la lluvia, que son los últimos en irse de la redacción y que hasta cubren guerras. Todos ellos sí tienen que hacer de padres y madres. Es lo que toca.

Eso por no hablar de las mujeres deportistas, ya sea futbolistas, tenistas o nadadoras profesionales. Esas mujeres que no solo tienen que despertarse por las noches a calmar a sus hijos, sino que también los paren, los amamantan, ven comprometido su rendimiento físico, pierden patrocinadores. Esas mujeres deportistas que hasta son juzgadas por ser madres, por no tener cuerpos de escándalos o por jugar con un traje postparto para recuperarse. ¿Descansar? ¿Ellas? Ni que fueran Cristiano o Messi…

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5 series adolescentes feministas modernas que hay que ver


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Institutos, bailes de fin de curso, peleas en el comedor, romances en la clase de ciencias… ¿hay un universo con más estereotipos que el del cine adolescente? Pero, a su vez, ¿hay alguno que nos guste más que ese?

En plena era #MeToo, las películas y series teenagers se han reinventado. Conservan su aire retro, pero a la vez abordan temas feministas, introducen personajes femeninos más que interesantes y, a su manera, luchan por derribar el patriarcado. Estas son algunas de las series de los últimos años que cumplen esas características (y con las que pasarás un muy buen rato):

1. Riverdale

¿Puedo decir ya que es mi nueva serie favorita? A punto de estrenar su tercera temporada, Riverdale es una serie basada en los cómics Archie de los años 40 que mezcla asesinatos en serie y desapariciones misteriosas que acontecen en el oscuro pueblo de Riverdale con salseos amorosos y peleas de instituto. Pero, además de eso, demuestra que la amistad de Betty y Verónica está por encima del amor de un chico guapo, que la sororidad puede acabar con cualquier acosador y que en el sexo NO es siempre NO. Eso por no hablar de la gran cantidad de personajes LGBT que aparecen a lo largo de la serie.

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2. 13 Reasons Why

Convertida en una de las series más influyentes de Netflix, 13 Reasons Why nos enseñó muchas cosas en su primera temporada, como la lacra que es el bullying en millones de centros educativos y, sobre todo, que si Hannah murió fue por el machismo. Pero lo cierto es que el mensaje feminista de la serie se ha intensificado en su segunda temporada, centrada exclusivamente en la violación que sufre una de sus protagonistas y en la importancia de que la víctima denuncie a pesar del descrédito social al que se enfrenta.

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3. Stranger Things

Hay series que no necesitan presentaciones y ese es el caso de Stranger Things, que se ha convertido en todo un fenómeno cultural. Podría resumirse como una mezcla de E.T, Los Goonies y Expediente X, pero también como una bonita oda a la amistad y un repertorio de personajes femeninos a los que admirar como la entregada madre Joyce, la valiente Nancy, la poderosa Eleven y la simplemente genial Barb.

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Barb, gracias por existir.

4. Heathers

Suicidios, matanzas con armas en escuelas y mucho humor negro: con estos ingredientes, era de esperar que Heathers: escuela de jóvenes asesinos, remake de la película de los 80, fuera censurada en Estados Unidos. A pesar de ello, muchos espectadores se han rendido a los encantos de esta serie en la que los oprimidos del insti pasan a ser los opresores. Obviamente, el bullying es terrible venga de quien venga, ya sea de la típica animadora guapa o de una chica con sobrepeso, y precisamente creo que esto es lo que nos quieren hacer entender Heathers, a pesar de que gran parte de la crítica lo ha interpretado como lo contrario. Y es probable que los que se sienten incómodos visionando esta serie haya sido por ver en posiciones de poder a mujeres no heteronormativas: una chica obesa, una transexual, una mulata y lesbiana, etc.

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5. Scream Queens

Muy en la línea de Heathers, Scream Queens utiliza el humor negro para narrar una historia de terror y parodiar el género slasher. Se burla descaradamente de los romances adolescentes y de la cultura millenial y nos regala mujeres maravillosas como la directora Cathy Munsch o las crueles Chanel. Pero a pesar de las disputas, el poderío femenino siempre acaba uniéndose contra su enemigo, que es más peligroso hasta que un asesino en serie: el patriarcado.

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Ana Botín, ¿una mala feminista?


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“Yo no soy feminista, creo en la igualdad” o “Ni machismo ni feminismo” son algunas de las frases más repetidas del siglo XXI. De hecho, a veces suelen hasta ocupar titulares en los medios porque es una persona famosa la que las ha pronunciado. La idea es huir de ese término tan polémico, ser ambiguo, no mojarse. Y eso hace mucho daño a un movimiento social como es el feminismo.

No obstante, las cosas están empezando a cambiar. Cada vez más personajes públicos se declaran abiertamente feministas, lo cual no es ninguna tontería, pues su influencia sobre millones de personas en abismal. Y eso es precisamente lo que ha hecho la empresaria Ana Botín a través de una carta: autodenominarse feminista y resaltar la importancia de esta lucha.

Teniendo en cuenta el rechazo que a veces genera el feminismo -hay gente que ni se atreve a pronunciarlo, como si de Voldemort se tratase-, a mí me ha alegrado mucho leer el alegato de Ana Botín. Quizá no esté de acuerdo en todo lo que dice, pero la esencia es clara: las mujeres viven en una situación de desigualdad y la solución es sumarse al feminismo de una forma activa. Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar. Y, cómo no, las primeras han sido provenientes de un hombre:

Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida, no solo ha cuestionado y politizado el discurso de Botín, obviando el buen mensaje principal, sino que se ha creído con el derecho de decidir qué feminismo es el correcto y cuál no. Quién es buena feminista y quién no. Qué mujer tiene derecho a declararse feminista y cuál no puede unirse al “club”. En definitiva, se ha propuesto repartir los carnets de “buenas feministas” y “malas feministas”. Y las mujeres que no encajen en sus preferencias personales y políticas, tendrán que quedarse fuera del movimiento. Y que ni se les ocurra escribir una carta sobre feminismo…

Soy consciente del daño que los bancos han causado en muchas familias de nuestro país. Ni el Banco Santander ni Ana Botín han hecho siempre las cosas bien. Y seguiremos luchando contra ello. Pero no es justo tratar de acallar a una mujer por su familia, sus propiedades o su estatus socioeconómico. El discurso de Ana Botín puede tener fallos, pero es un gran paso que una mujer con su poder comparta estas palabras ante sus seguidores, hombres y mujeres, muchos de ellos pertenecientes a sectores muy conservadores. Sí, el feminismo tiene muchas causas por las que luchar, la de Ana es solo una más, pero ella habla desde su experiencia como empresaria, como mujer que se ha abierto camino en las masculinizadas esferas directivas. Y no digo que por ello haya que endiosarla, pero sí valorar los puntos positivos de su carta, una carta en la que utiliza su posición privilegiada como mujer blanca, adinerada y popular -de la que es consciente- para visibilizar la desigualdad de género.

Ojalá Alberto Garzón y todos aquellos que se han cegado pensando en posibles tintes políticos de la carta se pararan a pensar en todo lo positivo. Desigualdad salarial, techo de cristal, el movimiento #MeToo… todo esto menciona Ana Botín en su artículo. Por todo esto y mucho más luchamos las personas feministas. Y por todo esto -y por sororidad-, no voy a permitir que se lapide a una mujer por hablar de lo necesario que es el feminismo. Unámonos entre nosotras. Corrijámonos y aprendamos para evitar caer en antiguos errores. Pero no permitamos que nadie nos diga si somos o no “buenas feministas”. Eso no lo deciden ellos.

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5 libros feministas para llevarte a la playa (o dónde quieras)


Si algo nos enseña el feminismo es que es una lucha impulsada por el continuo aprendizaje. Ese aprendizaje puede venir de la mano de otras personas, de experiencias propias y de productos culturales como los libros. Aprovechando que en verano solemos tener más tiempo libre, ¿por qué no dedicar unos minutos al día a disfrutar de historias apasionantes y, por supuesto, feministas?

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1. El segundo sexo (Simone de Beauvoir)

Empezamos con un libro feminista más teórico, al estilo de otros títulos imprescindibles como Una habitación propia de Virginia Woolf o Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adichie. La francesa Simone de Beauvoir revolucionó con este libro el siglo XIX y abordó temas como los estereotipos que cargan las mujeres por el mero hecho de ser mujeres, lo que se traduce también en una invisibilidad social y en una reducción y/o ausencia de derechos frente a los hombres. En definitiva, Simone fue de las primeras en alzar la voz a través de las letras para dejar claro que una mujer es mucho más que una “madre de”, “hija de” o “esposa de” un varón.

2. Morder la manzana (Leticia Dolera)

Precisamente a Simone de Beauvoir hace referencia la actriz y directora Leticia Dolera en Morder la manzana, que ha arrasado en ventas estos meses. Y no es de extrañar, porque de forma muy amena recorre los principales debates y luchas feministas de la actualidad, desde el acoso sexual y la desigualdad laboral hasta los cánones de belleza, la supuesta rivalidad entre mujeres y el mito del amor romántico. Resulta imposible no sentirse identificada con sus páginas.

3. El cuento de la criada (Margaret Atwood)

No hacen falta presentaciones para este libro, ¿verdad? Aunque fue publicado en los 80, ha sido en el siglo XXI cuando ha saltado a la fama por su adaptación televisiva. Plantea una sociedad distópica en la que las mujeres son vejadas, privadas de libertad y utilizadas únicamente para procrear. Un escenario salvaje del que puede que nosotros no estemos tan alejados. Al fin y al cabo, existe la gestación subrogada…

4. Orlando (Virginia Woolf)

Volvemos a un clásico, esta vez de la mano de Virginia Woolf. Mientras que Una habitación propia es una obra muy teórica, Orlando explora los roles de género, la transexualidad y el placer femenino a través de la ficción. O quizá no tanto, ya que al parecer está basada en la vida de su amada Vita Sackville-West.

5. La noche soñada (Màxim Huerta)

Me gustaría acabar con una recomendación muy especial. La noche soñada es de ese tipo de libros que te mantiene con una sonrisa durante toda la lectura, que narra historias cotidianas de mujeres maravillosas, que reivindica los cuidados del hogar que tradicionalmente han recaído sobre ellas, sobre nosotras. También es una crítica al maltrato y a la violencia machista, a la vez que una oda a la sororidad. En definitiva, una novela bella que desprende feminismo de forma sutil pero efectiva.

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Esas chicas de la playa


Estoy en la playa y, de repente, las veo llegar. Es un grupo de cuatro chicas, cuatro amigas de unos 17-18 años. Caminan hablando y riendo, felices de pasar la tarde juntas en el mar. Sacan las toallas de sus bolsas, las extienden sobre la arena y, entonces, todas ellas captan mi atención.

Carla

La morena de la coleta baja se llama Carla (o, al menos, así decido llamarla yo en mi mente). Tiene unos ojos preciosos y al sonreír se le forman hoyuelos en las mejillas. Pero al fijarme más, me doy cuenta de que la sonrisa pronto abandona sus ojos. ¿Por qué mira tanto a su alrededor? ¿Por qué de repente parece tan tensa? Agacha la mirada y se quita el pareo muy rápidamente. Lo mismo hace con su top de flores. Apenas me da tiempo a ver su bikini, pues rápidamente se sienta y se tapa con una toalla disimuladamente (o quizá no tanto…). Una vez que sus muslos y su vientre están cubiertos, respira tranquila. Ya nadie puede juzgarla.

Eva

Eva tiene un pelo precioso, muy largo y dorado. Es alta y esbelta, y al quitarse el vestido deja ver un trikini rojo espectacular que le sienta como un guante. Parece feliz con él. Pero, entonces, su rostro se contrae. Acaba de ser consciente de que varias miradas se han posado en ella. Hay un hombre de unos 40 años que la observa sin reparo. También hay un grupo de chicos mirando y comentando el tamaño de sus senos. Y a esto se suman un par de chicas que pasean por la orilla dedicándole miradas inquisidoras, que parecen cuestionar si el trikini muestra demasiado o no.

Marta

Ella es la que más se ríe de las cuatro. No deja de hacer bromas y no tarda en quitarse la camiseta y el sostén. Ante la mirada atónita de algunos grupos de jóvenes y mayores, Marta deja al descubierto sus pechos blancos. Aunque es el siglo XXI, a muchos les sigue incomodando ver los pezones de una mujer. A Marta parece no importarle, hasta que se da cuenta de que algunos ojos no se dirigen a su pecho, sino a sus axilas. Hace un tiempo decidió no depilarse esa zona, ni tampoco las piernas. Es una chica segura de sí misma, pero ahora que es el blanco de todas las miradas y de algún que otro desagradable comentario sobre su vello, su autoestima parece tambalearse…

Laura

Todas sus amigas se han quedado en ropa de baño menos Laura. Pero no tarda en hacerlo. Su bikini tropical de la talla 38 le sienta muy bien. Es consciente de que nadie pensará que está gorda, ni que es demasiado provocativa, ni que no es lo suficientemente femenina. Se ajusta a la norma, cumple los cánones. Pero le cuesta lo suyo. Con disimulo, se coloca la braguita para tapar sus incipientes estrías. También tiene un poco de celulitis, pero saber cómo sentarse para disimularla. Ahora ya está lista para pasar desapercibida, para ser la mujer que todos quieren que sean. O eso cree.

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Todos hemos visto a esas chicas de la playa. Quizá no se llamen Carla, Eva, Marta y Laura, sino Mónica, Sara y Jessica. Quizá las hayas visto en la piscina pública, o en un pantano. Y quizá una de ellas seas tú, o tu mejor amiga, o tu hermana pequeña. Sea como sea, la discriminación hacia las mujeres permanece. No importa si pesas 70 kilos o si tienes una cintura fina: es muy probable que te acaben criticando. Y épocas como el verano sacan a relucir más que nunca este machismo, este quiste que nos oprime y nos hace sentir más inseguras.

Por eso, seas quien seas, te parezcas más a Carla o a Laura, decidas depilarte o no, tengas los muslos gruesos o las piernas finas, lleves bañador o hagas topless, recuerda que nadie tiene derecho a juzgarte. No te escondas tras la toalla ni te avergüences de tu cuerpo. No eres culpable de las miradas de lascivia, de los insultos ni de las críticas. Ama tu cuerpo y disfrútalo.

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Micromanadas


Hoy España está de luto. La sentencia a La Manada, ese grupo de energúmenos que violaron a una joven entre todos en los Sanfermines de 2016, ha acabado en 9 años de condena. Así de barato sale violar en España. Aunque para los jueces no es violación, sino “abuso sexual continuado”. Bonito eufemismo para aludir a una tortura a una chica borracha, paralizada, en shock.

Lo peor de todo esto no es que estos jóvenes salgan de la cárcel en 9 años (o en menos, si se reduce la condena). Lo peor no es ni siquiera que vuelvan a cometer una barbaridad así con otras chicas. Lo peor es que esta sentencia ha sentado un precedente en nuestro país: si no te resistes, no es violación. Pero si te resistes… puedes acabar en la tumba, como Diana Quer.

Pero hay algo aún peor que todo esto. Imaginaos a una mujer violada en una discoteca. O por un compañero de trabajo. O hasta por un amigo. Él ha abusado de ella y ella no ha podido hacer nada para evitarlo. ¿De verdad creéis que se va a atrever a denunciar? No. Más bien, pensará: “Sí a la víctima de La Manada no la han creído a pesar de haber pruebas como vídeos o mensajes en WhatsApp, a pesar de que los condenados tenían antecedentes, a pesar de que contaba con el apoyo social… ¿quién me va a creer a mí?

Pero, eh, esperad. Que hay más. Sí, sí. Hay algo AÚN PEOR que todo esto. Y son las micromanadas. Son esos cavernícolas que comentan en foros y en Twitter que “se está juzgando a unos inocentes”, que “no todos los hombres son iguales”, que “las feminazis son unas exageradas”. Es ese señor del bar que dice que “a lo mejor fue sexo consentido”, que “eso no se sabe”, que “quién le mandaría a ella irse con 5 tíos a un portal”. Es ese hombre que te silba por la calle, te murmura (o te grita) un piropo o te mira los pechos porque “para algo llevas escote, ¿no?”. Es ese colega que hace chistes machistas y, cuando tú te enfadas, te dice “que no tienes humor”, que “solo son bromas”, que “no seas una amargada”, que “te hace falta un buen polvo”. Las micromanadas son esos grupos que destilan odio, que utilizan la palabra “feminazi”, que quieren verte callada. Quieren que no grites, como hizo la víctima de La Manada presa del pánico. Porque si gritas, quizá no vivas para contarlo. Pero… ¿sabéis qué? Nos arriesgaremos. Por todas las que gritaron antes de nosotras y por las que no pudieron hacerlo. Por Nagore, por Diana, por Marta del Castillo. Por nosotras, la verdadera manada.

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Ilustración de Eneko las Heras.

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