Micromanadas


Hoy España está de luto. La sentencia a La Manada, ese grupo de energúmenos que violaron a una joven entre todos en los Sanfermines de 2016, ha acabado en 9 años de condena. Así de barato sale violar en España. Aunque para los jueces no es violación, sino “abuso sexual continuado”. Bonito eufemismo para aludir a una tortura a una chica borracha, paralizada, en shock.

Lo peor de todo esto no es que estos jóvenes salgan de la cárcel en 9 años (o en menos, si se reduce la condena). Lo peor no es ni siquiera que vuelvan a cometer una barbaridad así con otras chicas. Lo peor es que esta sentencia ha sentado un precedente en nuestro país: si no te resistes, no es violación. Pero si te resistes… puedes acabar en la tumba, como Diana Quer.

Pero hay algo aún peor que todo esto. Imaginaos a una mujer violada en una discoteca. O por un compañero de trabajo. O hasta por un amigo. Él ha abusado de ella y ella no ha podido hacer nada para evitarlo. ¿De verdad creéis que se va a atrever a denunciar? No. Más bien, pensará: “Sí a la víctima de La Manada no la han creído a pesar de haber pruebas como vídeos o mensajes en WhatsApp, a pesar de que los condenados tenían antecedentes, a pesar de que contaba con el apoyo social… ¿quién me va a creer a mí?

Pero, eh, esperad. Que hay más. Sí, sí. Hay algo AÚN PEOR que todo esto. Y son las micromanadas. Son esos cavernícolas que comentan en foros y en Twitter que “se está juzgando a unos inocentes”, que “no todos los hombres son iguales”, que “las feminazis son unas exageradas”. Es ese señor del bar que dice que “a lo mejor fue sexo consentido”, que “eso no se sabe”, que “quién le mandaría a ella irse con 5 tíos a un portal”. Es ese hombre que te silba por la calle, te murmura (o te grita) un piropo o te mira los pechos porque “para algo llevas escote, ¿no?”. Es ese colega que hace chistes machistas y, cuando tú te enfadas, te dice “que no tienes humor”, que “solo son bromas”, que “no seas una amargada”, que “te hace falta un buen polvo”. Las micromanadas son esos grupos que destilan odio, que utilizan la palabra “feminazi”, que quieren verte callada. Quieren que no grites, como hizo la víctima de La Manada presa del pánico. Porque si gritas, quizá no vivas para contarlo. Pero… ¿sabéis qué? Nos arriesgaremos. Por todas las que gritaron antes de nosotras y por las que no pudieron hacerlo. Por Nagore, por Diana, por Marta del Castillo. Por nosotras, la verdadera manada.

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Ilustración de Eneko las Heras.

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Por qué el feminismo necesita a Amaia de OT


El feminismo se aprende (y se aprehende) de muchas formas. Y, aunque parezca extraño, una de esas maneras es a través de la televisión. Son muchas las veces que hemos criticado a este medio por perpetuar el sexismo a través de programas, spots publicitarios y otros espacios. Pero en esta ocasión, tenemos que dar las gracias a la tele y a un talent show en concreto por darnos a conocer a ella: Amaia.

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Amaia es importante para el mundo y para el feminismo. Y os lo digo yo que ni siquiera he sido fan de esta edición de Operación Triunfo, el programa musical que ha ganado esta joven de Pamplona. Pero no sabéis hasta qué punto es positivo que se hable de feminismo, que se denuncie el machismo y que se critiquen los roles de géneros en un programa de masas dirigido principalmente al público joven. Jóvenes que, lejos de ver cómo se perpetúa la figura de la mujer objeto como sucede en otros programas, ven a una chica natural que se queja ante miles de espectadores de tener que llevar tacones o depilarse las axilas por el mero hecho de ser mujer.

Se está avanzando mucho, sí, pero todavía te miran raro al declararte feminista. Pero Amaia lo ha hecho en prime time. Incluso jugándose los votos de los españoles para ganar el concurso. También ha hablado del vello de su cuerpo con naturalidad y no se ha depilado las piernas, ni las axilas. Y cuando las revistas han borrado ese pelo de su cuerpo, ella lo ha dibujado.

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“¿Que no nos quieren a las mujeres con pelo? ¡Pues toma!”

También ha dicho que una mujer no necesita ser madre para sentirse completa. Ni llevar tacones para sentirse más bella. Y se ha indignado al ver lo mal visto que está que una mujer muestre sus pechos voluntariamente y lo normalizado que está esta exposición en el sexo opuesto. Y cuando vio que a sus compañeros varones les colocaron una PlayStation en sus camerinos y a las chicas, un espejo. Porque las chicas también tienen pelos, también tienen derecho a llevar zapatos cómodos y también disfrutan jugando a videojuegos y no acicalándose frente al espejo.

Pero lo mejor de todo es que Amaia es solo una chica más de las que está impulsando el feminismo. ¿Que sigue existiendo el machismo entre los jóvenes? Cierto, pero también estamos asistiendo a un despertar, estamos viendo a adolescentes alzar pancartas feministas en manifestaciones o utilizar sus redes sociales para apoyar a sus compañeras frente al machismo.

Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Malala Yousafzai, Amaia de OT… Tan diferentes, pero tan iguales a la vez. No menospreciemos a ninguna de ellas, porque ya sea a través de los libros, del activismo político, del cine o de un programa de televisión para millenials, todas han contribuido a lo mismo: a construir un mundo un poco más feminista.

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Yo también odié a Miley Cyrus y me arrepiento


Todos hacemos cosas de las que nos arrepentimos, ya sea llevar pantalones de campana, ser fan de ‘Crepúsculo’ o decir “ni machismo, ni feminismo; igualdad”. En mi caso, una de las cosas de las que me avergüenzo es de haber criticado a algunas mujeres famosas como Miley Cyrus. Sí, en su día la juzgué sin razón y cometí un gran error.

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– Critiqué a Miley Cyrus por dejar de ser Hannah, a pesar de que tenía derecho a crecer y dejar atrás su papel de ‘chica Disney’.

– Critiqué a Miley Cyrus por empezar a vestir provocativa, a pesar de que la vestimenta no es lo que define a las mujeres.

– Critiqué a Miley Cyrus por hacer twerking, a pesar de que el culo que meneaba era suyo.

– Critiqué a Miley Cyrus por cortarse el pelo y “ponerse fea”, a pesar de que era su maldita melena.

– Critiqué a Miley Cyrus por desnudarse en un videoclip, a pesar de que era SU videoclip.

– Critiqué a Miley Cyrus por “perrear” en los premios VMA 2013, a pesar de que fue Robin Thicke el que bailaba de forma dominante y ganaba millones con una canción machista.

– Critiqué a Miley Cyrus por dejar a Liam Hemsworth, a pesar de que ella tenía derecho a decidir por su vida y disfrutar de su sexualidad como le viniera en gana.

– Critiqué a Miley Cyrus por ser chabacana, por no ser elegantemente sexy como Beyoncé, a pesar de que el concepto de “sexy” es subjetivo, a pesar de que una mujer es mucho más que eso.

Critiqué a Miley Cyrus por hacer con su físico lo que le apetecía, por madurar, por rebelarse, por ser una mujer libre. Sí, su imagen cambió y se volvió mucho más sexualizada. Pero… ¿y qué? ¿Acaso ella no tiene derecho a vender su música como le plazca? ¿No debería molestarnos más que hombres cantantes se hagan ricos con letras machistas y desnudando y cosificando cuerpos femeninos, cuerpos que no son suyos? Y ese es precisamente el quid de la cuestión. La sociedad quiere a las mujeres sumisas, por lo que cuando alguna se sale de la norma y es ella la que enseña su cuerpo voluntariamente, la respuesta más frecuente es escandalizarse, juzgar, criticar. Decir que se le ha ido la cabeza, que era mucho mejor “la antigua Miley” (más casta, más pura, más dócil), que no le llega a la suela del zapato a otras mujeres (como si hubiera que comparar a las mujeres por los centímetros de piel que enseñen o por su forma de contonear las caderas o agitar el trasero), que qué vergüenza y que qué van a pensar los niños al ver a una cantante desnuda sobre una bola de demolición (eso sí, luego les dejamos expuestos a películas y series sangrientas donde se ejerce violencia contra las mujeres).

Critiqué a Miley Cyrus como en su día también criticaron a Dolly Parton. Y a Cyndi Lauper. Y a Madonna. Y a Lady Gaga. Y a todas esas mujeres que se desvincularon de los hombres, que brillaron solas, que decidieron sobre sus cuerpos, que desafiaron al sistema. Y, sinceramente… ¡qué aburrido sería el mundo sin todas ellas!

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Las W.I.T.C.H: la revista feminista adolescente de la que no nos dábamos cuenta


Cuando paso por un kiosko y veo revistas como Super Pop, algo se remueve dentro de mí. Sí, yo soy la primera que las ha leído y guardo algunos buenos recuerdos, pero la perspectiva cambia cuando creces, maduras y empiezas a verlo todo desde una óptica feminista. Las revistas femeninas para adolescentes siempre han sido muy absurdas: tests para enamorar a los chicos, moda para conquistar a los chicos, trucos de belleza para gustar a los chicos, consejos para llamar la atención de los chicos, y así un larguísimo etcétera. ¿Es eso lo único que queramos que tengan en la cabeza las chicas de doce, trece o quince años? ¿No estaría bien tratar de fomentar también que se quieran a sí mismas? ¿Hablar de referentes femeninos interesantes en vez de incluir únicamente posters de chicos sin camiseta? ¿Regalar alguna otra cosa con las revistas aparte de sombras de ojos o pintalabios de purpurina?

Pero entonces, caí en la cuenta: yo sí tuve una revista feminista y no me percaté de ello. Me refiero a la revista W.I.T.C.H., una publicación italiana que contaba en forma de cómic las aventuras de unas jóvenes con poderes mágicos llamadas Will, Irma, Cornelia, Taranee y Hay Lin.

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Adoraba a las W.I.T.C.H. Todos los meses estaba deseando comprarme el nuevo número de la revista, y hasta los libros que más adelante editaron. Y ahora, unos cuantos años después, entiendo el porqué de mi ‘adicción’: las W.I.T.C.H eran feministas.

– A las chicas también nos gusta la cultura

Mientras que los chicos tenían sus revistas de videojuegos y superhéroes, nosotras nos teníamos que conformar con revistas que nos trataban como tontas. Pero las W.I.T.C.H nos embaucaron hacia el mundo del cómic, hacia aventuras en las que las protagonistas eran, nada más y nada menos, que cinco chicas poderosas que superaban sus miedos: desde el monstruo más aterrador hasta las preocupaciones más cotidianas.

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– Referentes femeninos necesarios

Lo que más me gustaba de las W.I.T.C.H. es que me sentía muy identificada con ellas. Al fin y al cabo, eran cinco adolescentes normales con inseguridades respecto a la familia, la amistad o el amor, entre otras. Pero cuando se transformaban y usaban sus poderes mágicos, siendo capaces de derrotar a todo tipo de monstruos, se daban cuenta de que si se lo proponían, podían superar cualquier cosa. Las preocupaciones por los chicos estaban presentes, sí, pero quedaban relegadas a un segundo plano. Estas chicas iban al insti y en sus ratos libres salvaban el mundo. ¡¿QUÉ PODÍA IMPORTAR MÁS QUE ESO?!

– Multiculturalidad y sororidad

Pero ya no es solo que las W.I.T.C.H. sean chicas que luchan contra el mal y superan sus complejos, sino que también transmiten valores muy positivos. Para empezar, la idea de multiculturalidad está presente desde el inicio del cómic. Sin ir más lejos, el grupo está formado por tres chicas caucásicas (Will, Irma y Cornelia), una joven de raza negra (Taranee) y una muchacha china (Hay Lin). A esto se suma que sus perfiles son muy diferentes entre sí: distintas clases sociales, intereses, personalidades, etc. Pero nada de eso importa, porque sus poderes secretos las unen, creándose todo un vínculo de protección, respeto y sororidad muy inspirador.

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Tras esta retahíla de alabanzas al que fue uno de los fenómenos de mi infancia, quizá os preguntéis: “¿Y es que las W.I.T.C.H. no tenían fallos?”Y la respuesta es afirmativa. Por ejemplo, un detalle que me chirría es que, aunque las W.I.T.C.H. presentaban características físicas diferentes entre sí -distintas estaturas, pesos, rasgos faciales, etc.-, cuando usaban sus poderes para transformarse, todas se volvían más esbeltas, con pechos y traseros más pronunciados y rostros maquillados. La asociación de belleza con poder puede resultar peligrosa. Pero, a pesar de ello, lo que es innegable es que las W.I.T.C.H. iban más allá que el resto de revistas para chicas, apostando por la cultura, dando protagonismo a las mujeres y transmitiendo el mensaje de que el poder y el éxito no entienden de géneros.

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Harvey Weinstein nos ha acosado a todas


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Son muchas las mujeres que han denunciado al productor Harvey Weinstein por acoso sexual. Aprovechándose de su estatus de hombre blanco, poderoso y arropado por Hollywood, Weinstein ha acosado a Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd, Ambra Battilana y Rose McGowan, entre otras. Las arrinconaba en habitaciones de hotel, se desnudaba ante ellas, les pedía masajes, las intimidaba incluso cuando apenas eran unas adolescentes. Pero, por fin, ellas han hablado, dando la cara también por nosotras. Porque, por desgracia, el acoso de Weinstein va mucho más allá de las fronteras del glamouroso Hollywood. Nos ha acosado a todas.

Uno de los primeros Weinsteins que me acosaron fue cuando tenía 15 años. Volvía de clase de aeróbic, caminando a plena luz del día por la calle principal de mi barrio. De repente, frenó un coche a mi lado. El conductor me preguntó por una dirección y empecé a responder, pero supe que algo no andaba bien. Lo vi en sus ojos, en esa mirada repugnante de superioridad y dominación que tienen los acosadores. Se estaba masturbando y yo me callé, me quedé paralizada. Él se dio cuenta de mi miedo, de mi terror. Eché a correr y él también se marchó, seguramente sintiéndose satisfecho de su hazaña. Yo, en cambio, me sentí impotente por no haberle dicho nada. Pero, sobre todo, me sentí impotente por la pregunta que me vino a la mente: ¿A cuántas más chicas les haría lo mismo?

Hubo más Weinsteins, por supuesto que los hubo. Todas hemos conocido a muchos a lo largo de nuestra vida. Hombres mayores y jóvenes, altos y bajos, ricos y pobres. Hombres que te gritan piropos en la calle. Hombres que te toquetean en el transporte público. Hombres que te miran con lascivia, pero no te atrevas a quejarte, que para algo te has puesto ese escote o esa minifalda, ¿no? Hombres en la universidad o en la oficina. Hombres en redes sociales. Hombres desconocidos. Hombres cercanos, compañeros y amigos. Hombres de cualquier tipo que, por el simple hecho de ser hombres, se creen con el derecho de tocarte, insultarte, gritarte, acosarte, violarte. Muchos Weinsteins, pero con otros nombres y apellidos.

Por eso, no debemos callarnos. Es nuestra obligación desenmascarar a todos los Weinsteins de nuestra vida. Tenemos que contar estas historias, aunque nos hagan sentir rabia o vergüenza. Tenemos que hacerlo por las actrices y modelos acosadas por Harvey Weinstein. Por Maria Schneider, acosada por Bertolucci y Marlon Brando. Por Amber Heard, maltratada y desacreditada. Por Malala, a la que casi matan por querer ir a la escuela. Por nuestras amigas, por nuestras compañeras y hasta por esas chicas a las que solo hemos visto una vez en la vida en la parada del autobús o en el baño de una discoteca. Por todas nosotras.

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Feminismo, una moda de más de dos siglos de Historia


A veces me da miedo entrar en las redes sociales. Cuando no me encuentro una noticia sobre un caso de violencia machista, me topo con las declaraciones misóginas del político o sacerdote de turno. Pero una de las cosas que más me enfada es ver es a los famosos antifeministas que, además, normalmente suelen ser mujeres. Sí, me refiero a esas cantantes, actrices, modelos y presentadoras de televisión que reniegan del feminismo, que le atribuyen un significado erróneo, que lo tildan de exagerado e innecesario. Mujeres influyentes cuyo mensaje llega a millones de personas.

“Yo no soy feminista, yo creo en la igualdad”
“Actualmente el feminismo es innecesario. Las mujeres ya somos iguales a los hombres”
“Ni machismo, ni feminismo. Los extremos no son buenos”

Barbaridades de este tipo salen de la boca de artistas femeninas como Taylor Swift, mujeres admiradas por millones de personas, incluidas niñas y adolescentes. Y, por supuesto, se trata de declaraciones muy perjudiciales por la gran difusión que tienen y porque desvirtúan el verdadero significado del movimiento feminista.

La última en generar confusión y polémica en torno al feminismo ha sido la actriz Blanca Suárez. La española ha afirmado ante la prensa que “el feminismo es una moda” con el que se hacen “hasta camisetas”. Sí, Blanca ha calificado como ‘moda’ a un movimiento social presente en la Historia desde hace más de dos siglos, una lucha gracias a la cual ella puede votar en unas elecciones, comprarse un coche y hasta opinar libremente.

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La ignorancia tiene las patas muy cortas. La actriz ha confundido la mercantilización del feminismo por parte de las marcas con que una ideología esté de moda o no. El feminismo es mucho más que una camiseta morada con el texto ‘Girl Power’ estampado en lentejuelas. El feminismo es mucho más que un debate esporádico. El feminismo es mucho más que una moda.

Me gustaría pensar que las mujeres famosas que ensucian el feminismo lo hacen por desconocimiento. Nos hemos educado bajo un prisma patriarcal y es lógico que no estemos del todo concienciados. Pero lo cierto es que cuesta creer que una joven famosa, con recursos y con acceso a la cultura siga sin saber el significado de ‘feminismo’. A veces, más que desconocimiento se trata de intereses. Lo más cómodo es no declararse feminista, ser ambigua, fingir no saber. El feminismo no vende y las celebridades no quieren arriesgarse a perder fans. No hay más.

Por suerte, aún hay esperanza. Otras actrices españolas como Inma Cuesta, Michelle Jenner o Leticia Dolera no han dudado en declararse feministas. Lo mismo sucede con Emma Watson, Charlize Theron o Helen Mirren. Ojalá este club se amplíe pronto y se sumen a él los famosos antifeministas. Venga, Blanca, todavía estás a tiempo.

 

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A Hannah Baker la mató el machismo


‘Por trece razones’ (’13 Reasons Why’), el último fenómeno de Netflix, ha sido definido como “una serie sobre bullying. Y sí, efectivamente así es, puesto que la protagonista, Hannah Baker, se suicida porque es acosada por sus compañeros de instituto. Sin embargo, el quid de la cuestión o la razón número 14 de la muerte de Hannah no es otra que el machismo.

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A través de trece cintas, Hannah enumera las razones que le han llevado a acabar con su vida. Y, si nos paramos a pensar, todas las razones que explica son agresiones machistas. Independientemente de que provengan de compañeros varones o de otras chicas, la causa de todo es el machismo. Y no es el único personaje de la serie que sufre las consecuencias del patriarcado.

El machismo en todas sus fases

He escuchado a gente llamar exagerado al personaje de Hannah. Suele pasar con todas las mujeres que denuncian actitudes machistas: son tildadas de locas, exageradas y ‘feminazis’. Pero, desde luego, ninguna víctima de bullying ni de violencia machista exagera. En la serie, se cuentan por decenas las ocasiones en las que Hannah es insultada con términos como “puta”, “zorra” o “guarra”. También es humillada por uno de sus compañeros, Justin Foley, que difunde en el instituto una fotografía íntima de Hannah y filtra un bulo sexual sobre ello. Y, aunque Hannah hubiera hecho algo más que besarse con Justin en su primera cita, ¿qué hay de malo? ¿Por qué el habría sido aplaudido por sus compañeros y a ella se la habría visto como una “chica fácil”? No puede haber un reflejo más fiel de nuestra sociedad.

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Pero las humillaciones no cesan con el episodio de Justin. Otros chicos como Álex, Tyler, Marcus, Zach o Ryan se suman a ello. La sexualizan y la incluyen en una lista que puntúa los atributos físicos de las chicas del instituto. Difunden un escrito muy personal que escribió para clase de poesía. La espían y graban por la ventana de su habitación. Intentan forzarla a ser algo más que amigos. Y mucho más.

Lo más triste de todo es la ausencia de sororidad. Como he dicho, Hannah no es la única humillada por el machismo pero, a pesar de eso, las chicas no la apoyan en ningún momento. Ni Courtney, ni Sheri y ni si quiera su amiga Jess. Esto solo desemboca en más casos de acoso, en más abusos, en más violencia sexual, en más machismo. Un machismo que afecta a todas, pero que ellas no quieren ver por miedo precisamente a parecer unas exageradas como Hannah.

La conclusión que saco de todo esto es que, al final, tanto hombres como mujeres son cómplices del machismo. Y, por tanto, son cómplices de la muerte de Hannah Baker.

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10 libros feministas para regalar el Día del Libro


Con todos mis respetos hacia el mundo floral, en el Día del Libro (Sant Jordi) no regaléis rosas, sino libros. Y, si son feministas, mucho mejor.

En esta lista os propongo diez títulos que me han marcado de alguna manera a lo largo de mi vida. No son necesariamente libros que indagan en el concepto de feminismo (al menos, no todos), sino obras que, con su trama, personajes y enseñanzas me han hecho crecer como mujer, como persona y como feminista. Y, por ello, creo que son regalos perfectos para niñas y mujeres (y, desde luego, también para hombres). ¡Disfrutadlos!

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1. Saga Harry Potter (J.K Rowling)
No importa la edad; hay que leerse los libros de ‘Harry Potter’. J.K Rowling no solo ha conseguido crear un universo de fantasía y personajes entrañables, sino que también ha condensando en una saga juvenil los mejores valores del ser humano: el valor, la lealtad y la tolerancia. La mágica saga destaca por sus aspectos feministas (de los que ya hemos hablado a fondo anteriormente aquí), representados especialmente por mujeres poderosas como Hermione, Luna Lovegood o la profesora McGonagall. Además, en ‘Harry Potter y el legado maldito’ (última entrega de la saga y guion de la obra de teatro homónima) podemos ver que el feminismo sigue presente en las vidas adultas de Harry y sus amigos con una exitosa Hermione nombrada Ministra de Magia y con su pareja, Ron, ocupándose de las tareas del hogar.

2. Frankenstein o el moderno Prometeo (Mary Shelley)
‘Frankenstein’ es mucho más que una novela de terror. La escritora Mary Shelley era hija de la activista feminista Mary Wollstonecraft y eso se nota en las páginas de su mítico libro. Y es que Shelley utiliza la figura del monstruo para denunciar de una forma sutil la discriminación a la que se sometía a las mujeres, sobre todo a aquellas féminas que decidían dedicarse a estudiar y escribir.

3. Los hombres que no amaban a las mujeres (Stieg Larsson)
De momento, solo he leído la primera entrega de la saga ‘Millenium’ y me parece un libro más que recomendable. Dejando a un lado el adictivo y genial estilo del autor, ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ merece ser leída también por mostrar el horror que viven muchas mujeres en el mundo. Sí, me refiero a la lacra de la violencia machista, a los abusos sexuales, a un drama que nos afecta a la mitad de la población mundial por el simple hecho de ser mujeres, sin importar clase social o nivel cultural.

4. Trilogía Divergente (Veronica Roth)
Y volviendo a la literatura juvenil, la trilogía ‘Divergente’ debería ser un básico para cualquier adolescente. Tris es esa heroína que no solo no necesita ser rescatada por un príncipe azul, sino que es ella misma la que salva a su chico, a su familia y al mundo entero.

5. Una habitación propia (Virginia Woolf)
Dicen que antes de morir hay que leer obligatoriamente clásicos como ‘El Quijote’, ‘Hamlet’ o ‘El Principito’. Estoy de acuerdo, pero en esas listas de obras míticas e imprescindibles debería incluirse este poderoso alegato feminista de Virginia Woolf. Uniendo datos reales sobre el patriarcado a la sensibilidad de la escritura de la británica se obtiene como resultado un libro clave para el feminismo y para la literatura universal.

6. Mil soles espléndidos (Khaled Hosseini)
La amistad entre Mariam y Laila, dos mujeres afganas muy diferentes entre sí, es el hilo conductor de esta preciosa a la par que dura historia sobre maltrato, matrimonios forzosos y violencia contra las mujeres en países árabes. Hosseini es todo un experto en trasladar al lector al sufrimiento de sus personajes, algo que demuestra también en su libro más vendido, ‘Comentas en el cielo’.

7. Hay algo que no es como dicen (Juan José Millás)
Cuando una mujer denuncia abusos por parte de un hombre poderoso, hay un 90% de que la sociedad no la crea, cuestione su testimonio y hasta la acuse de mentirosa o ventajista. Eso es lo que le sucedió a Nevenka Fernández, la concejal de Hacienda que, en 2001, denunció por acoso sexual a Ismael Álvarez, alcalde de Ponferrada. Este hecho fue muy sonado en la época, pero el periodista Juan José Millás nos muestra precisamente la otra cara del suceso, la del hostigamiento social al que fue sometida Nevenka, una víctima incomprendida y convertida en verdugo por la opinión pública.

8. El país de las mujeres (Gioconda Belli)
¿Cómo sería una sociedad gobernada y dirigida por mujeres? La escritora nicaragüense Gioconda Belli imagina este escenario en un divertido libro en el que resume las principales bases del movimiento feminista. Podéis leer más información sobre la novela aquí.

9. Todos deberíamos ser feministas (Chimamanda Ngozi Adichie)
En realidad, este libro es la transcripción del discurso feminista que dio Chimamanda Ngozi en el TEDx Talk. La autora reflexiona sobre lo que significa ser feminista en el siglo XXI y sobre cómo lograr transformar el mundo en un lugar más justo e igualitario. Todos deberíamos leer estas 64 páginas (o escuchar el discurso) y todos deberíamos ser feministas.

10. El diario de Ana Frank (Ana Frank)
‘El diario de Ana Frank’ es conocido como un grito contra el antisemitismo. Efectivamente, es el testimonio de una niña judía que permaneció escondida junto a su familia de los nazis durante dos años. Pero, también, es el día a día de una niña, las preocupaciones de una adolescente, sus deseos y hasta sus inquietudes sexuales. Es un libro que conmueve el alma y rompe el corazón.

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5 lecciones feministas de ‘Big Little Lies’


Es normal sentir tristeza cuando una serie que te gusta llega a su fin, pero con ‘Big Little Lies’ ha sido demasiado. Y es que, la que en un principio se me antojaba como una hija de ‘Mujeres desesperadas’, se ha convertido en una de mis ficciones televisivas favoritas.

‘Big Little Lies’ es una serie de mujeres. Y con la etiqueta de “de mujeres” no me refiero que el público al que se dirija sea exclusivamente femenino, sino a que explora las distintas problemáticas a las que se enfrentan las mujeres por culpa del patriarcado. Sí, porque el patriarcado nos afecta a todas, incluso a las mujeres adineradas y exitosas interpretadas por Nicole Kidman, Reese Whiterspoon o Laura Dern en la exquisita producción de HBO.

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Ya solo por ver en acción a estas actrices tan grandes, merece la pena darle una oportunidad a esta adaptación del libro homónimo de Liane Moriarty. Pero, sin duda, también es interesante visionarla desde una óptica feminista:

– Violencia machista sin tabúes
En muchísimas ocasiones, el cine y la televisión -y hasta los medios periodísticos- presentan la violencia de género de una forma errónea y basada en clichés. Por contra, ‘Big Little Lies’ utiliza la relación de Celeste (Nicole Kidman) y Perry (Alexander Skarsgard) para desmontar estereotipos sobre la violencia machista. Por ejemplo, deja muy claro que NO hay perfiles de víctimas: cualquier mujer puede estar sufriendo violencia machista, incluso una abogada culta y de clase alta como Celeste. Violencia que, por cierto, no solo es física -otro de los clichés más comunes-, sino que abarca desde el control y la anulación hasta los insultos y las palizas.

– ‘No’ significa no
Prometo no caer en spoilers. Solo diré que en ‘Big Little Lies’ se trata de una forma más que correcta el tema de la violación. Es curioso que se hable del concepto de ‘consentimiento’ en el sexo, cuando en realidad debería ser una simple cuestión de deseo y placer. Si una de las partes implicadas no se siente a gusto y no desea continuar pero, a pesar de ello, la otra parte insiste, NO es sexo, sino violación. No hay vuelta de hoja. Incluso, puede producirse una violación en el seno de una pareja, un tema incómodo del que se ocupa también el recomendadísimo corto ‘Soy Ordinaria’.

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– Maternidad y ‘malasmadres’
La maternidad es un concepto que no debe ni endiosarse, ni demonizarse. Una mujer no es menos mujer por no ser madre. Tampoco lo es por sí serlo. Pero, a pesar de eso, las mujeres somos juzgadas constantemente por elegir no ser madres, por ser madres demasiado pronto, por ser madres demasiado tarde, por no renunciar a nuestro trabajo por ser madre o por decidir entregar gran parte de nuestro tiempo a la maternidad. Las protagonistas de ‘Big Little Lies’ no son una excepción y podemos ver cómo los vecinos de Monterey critican a Jane Chapman (Shailene Woodley) por ser una joven madre soltera o murmuran sobre Renata Klein (Laura Dern) por ser una exitosa directiva que no renuncia a su carrera profesional por su hija -su marido tampoco deja a un lado su trabajo, pero a él nadie le cuestiona-.

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– El machismo se aprende
La educación es la clave de todo. Los niños tienen un papel esencial en la trama de ‘Big Little Lies’ y gracias a ellos podemos ver cómo las conductas sexistas se aprenden. Si un niño presencia comportamientos machistas en su hogar y en su entorno social, difícilmente podrá convertirse en un adulto respetuoso con las mujeres ni estar en posesión de los valores de igualdad. De la misma forma, la tolerancia y el feminismo también se transmiten de padres e hijos. Un ejemplo de ello es el momento en el que Renata le dice a su hija Anabella que debe ser “una chica fuerte que use su voz en este mundo”. La está preparando para luchar en un mundo de hombres.

– SORORIDAD
Así, en mayúsculas. Esta es la gran lección que nos deja ‘Big Little Lies’: las mujeres, por muy diferentes que seamos entre nosotras, no debemos ser enemigas. Aunque en distintos grados, todas sufrimos las consecuencias del machismo y, por eso, debemos apoyarnos las unas a las otras. Bello término y poderoso significado que en ‘Big Little Lies’ alcanza su máximo esplendor.

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