Quiero ser hombre y futbolista


Hoy me he dado cuenta de que me he equivocado de profesión. Y de sexo. ¿Por qué no habré nacido hombre y futbolista?

Por la boca muere el pez, y así lo ha demostrado el periodista deportivo Juanma Castaño, que en una tertulia radiofónica ha defendido que “los futbolistas no se pueden levantar a cuidar de los niños porque viven de su descanso”. Claro, pobrecitos.

El cuidado de los hijos debe ser una tarea compartida entre ambos progenitores. Menos si el padre es futbolista, claro. En ese caso, no hay corresponsabilidad que valga. Merecen descansar y no pueden permitirse perder el tiempo calmando a SUS hijos, limpiando cacas o preparando biberones. ¡Para nada!

A ver, es que es lógico, ¿no? Los futbolistas necesitan descansar. Pero las mujeres que se parten la espalda limpiando escaleras y habitaciones de hotel -un oficio mayoritariamente femenino- por apenas 3 euros la hora, no. Tampoco los mineros que se juegan su salud cada día. Ni todos aquellos que pasan como mínimo 8 horas en una oficina. Ni los periodistas que trabajan bajo la lluvia, que son los últimos en irse de la redacción y que hasta cubren guerras. Todos ellos sí tienen que hacer de padres y madres. Es lo que toca.

Eso por no hablar de las mujeres deportistas, ya sea futbolistas, tenistas o nadadoras profesionales. Esas mujeres que no solo tienen que despertarse por las noches a calmar a sus hijos, sino que también los paren, los amamantan, ven comprometido su rendimiento físico, pierden patrocinadores. Esas mujeres deportistas que hasta son juzgadas por ser madres, por no tener cuerpos de escándalos o por jugar con un traje postparto para recuperarse. ¿Descansar? ¿Ellas? Ni que fueran Cristiano o Messi…

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5 series adolescentes feministas modernas que hay que ver


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Institutos, bailes de fin de curso, peleas en el comedor, romances en la clase de ciencias… ¿hay un universo con más estereotipos que el del cine adolescente? Pero, a su vez, ¿hay alguno que nos guste más que ese?

En plena era #MeToo, las películas y series teenagers se han reinventado. Conservan su aire retro, pero a la vez abordan temas feministas, introducen personajes femeninos más que interesantes y, a su manera, luchan por derribar el patriarcado. Estas son algunas de las series de los últimos años que cumplen esas características (y con las que pasarás un muy buen rato):

1. Riverdale

¿Puedo decir ya que es mi nueva serie favorita? A punto de estrenar su tercera temporada, Riverdale es una serie basada en los cómics Archie de los años 40 que mezcla asesinatos en serie y desapariciones misteriosas que acontecen en el oscuro pueblo de Riverdale con salseos amorosos y peleas de instituto. Pero, además de eso, demuestra que la amistad de Betty y Verónica está por encima del amor de un chico guapo, que la sororidad puede acabar con cualquier acosador y que en el sexo NO es siempre NO. Eso por no hablar de la gran cantidad de personajes LGBT que aparecen a lo largo de la serie.

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2. 13 Reasons Why

Convertida en una de las series más influyentes de Netflix, 13 Reasons Why nos enseñó muchas cosas en su primera temporada, como la lacra que es el bullying en millones de centros educativos y, sobre todo, que si Hannah murió fue por el machismo. Pero lo cierto es que el mensaje feminista de la serie se ha intensificado en su segunda temporada, centrada exclusivamente en la violación que sufre una de sus protagonistas y en la importancia de que la víctima denuncie a pesar del descrédito social al que se enfrenta.

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3. Stranger Things

Hay series que no necesitan presentaciones y ese es el caso de Stranger Things, que se ha convertido en todo un fenómeno cultural. Podría resumirse como una mezcla de E.T, Los Goonies y Expediente X, pero también como una bonita oda a la amistad y un repertorio de personajes femeninos a los que admirar como la entregada madre Joyce, la valiente Nancy, la poderosa Eleven y la simplemente genial Barb.

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Barb, gracias por existir.

4. Heathers

Suicidios, matanzas con armas en escuelas y mucho humor negro: con estos ingredientes, era de esperar que Heathers: escuela de jóvenes asesinos, remake de la película de los 80, fuera censurada en Estados Unidos. A pesar de ello, muchos espectadores se han rendido a los encantos de esta serie en la que los oprimidos del insti pasan a ser los opresores. Obviamente, el bullying es terrible venga de quien venga, ya sea de la típica animadora guapa o de una chica con sobrepeso, y precisamente creo que esto es lo que nos quieren hacer entender Heathers, a pesar de que gran parte de la crítica lo ha interpretado como lo contrario. Y es probable que los que se sienten incómodos visionando esta serie haya sido por ver en posiciones de poder a mujeres no heteronormativas: una chica obesa, una transexual, una mulata y lesbiana, etc.

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5. Scream Queens

Muy en la línea de Heathers, Scream Queens utiliza el humor negro para narrar una historia de terror y parodiar el género slasher. Se burla descaradamente de los romances adolescentes y de la cultura millenial y nos regala mujeres maravillosas como la directora Cathy Munsch o las crueles Chanel. Pero a pesar de las disputas, el poderío femenino siempre acaba uniéndose contra su enemigo, que es más peligroso hasta que un asesino en serie: el patriarcado.

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Ana Botín, ¿una mala feminista?


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“Yo no soy feminista, creo en la igualdad” o “Ni machismo ni feminismo” son algunas de las frases más repetidas del siglo XXI. De hecho, a veces suelen hasta ocupar titulares en los medios porque es una persona famosa la que las ha pronunciado. La idea es huir de ese término tan polémico, ser ambiguo, no mojarse. Y eso hace mucho daño a un movimiento social como es el feminismo.

No obstante, las cosas están empezando a cambiar. Cada vez más personajes públicos se declaran abiertamente feministas, lo cual no es ninguna tontería, pues su influencia sobre millones de personas en abismal. Y eso es precisamente lo que ha hecho la empresaria Ana Botín a través de una carta: autodenominarse feminista y resaltar la importancia de esta lucha.

Teniendo en cuenta el rechazo que a veces genera el feminismo -hay gente que ni se atreve a pronunciarlo, como si de Voldemort se tratase-, a mí me ha alegrado mucho leer el alegato de Ana Botín. Quizá no esté de acuerdo en todo lo que dice, pero la esencia es clara: las mujeres viven en una situación de desigualdad y la solución es sumarse al feminismo de una forma activa. Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar. Y, cómo no, las primeras han sido provenientes de un hombre:

Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida, no solo ha cuestionado y politizado el discurso de Botín, obviando el buen mensaje principal, sino que se ha creído con el derecho de decidir qué feminismo es el correcto y cuál no. Quién es buena feminista y quién no. Qué mujer tiene derecho a declararse feminista y cuál no puede unirse al “club”. En definitiva, se ha propuesto repartir los carnets de “buenas feministas” y “malas feministas”. Y las mujeres que no encajen en sus preferencias personales y políticas, tendrán que quedarse fuera del movimiento. Y que ni se les ocurra escribir una carta sobre feminismo…

Soy consciente del daño que los bancos han causado en muchas familias de nuestro país. Ni el Banco Santander ni Ana Botín han hecho siempre las cosas bien. Y seguiremos luchando contra ello. Pero no es justo tratar de acallar a una mujer por su familia, sus propiedades o su estatus socioeconómico. El discurso de Ana Botín puede tener fallos, pero es un gran paso que una mujer con su poder comparta estas palabras ante sus seguidores, hombres y mujeres, muchos de ellos pertenecientes a sectores muy conservadores. Sí, el feminismo tiene muchas causas por las que luchar, la de Ana es solo una más, pero ella habla desde su experiencia como empresaria, como mujer que se ha abierto camino en las masculinizadas esferas directivas. Y no digo que por ello haya que endiosarla, pero sí valorar los puntos positivos de su carta, una carta en la que utiliza su posición privilegiada como mujer blanca, adinerada y popular -de la que es consciente- para visibilizar la desigualdad de género.

Ojalá Alberto Garzón y todos aquellos que se han cegado pensando en posibles tintes políticos de la carta se pararan a pensar en todo lo positivo. Desigualdad salarial, techo de cristal, el movimiento #MeToo… todo esto menciona Ana Botín en su artículo. Por todo esto y mucho más luchamos las personas feministas. Y por todo esto -y por sororidad-, no voy a permitir que se lapide a una mujer por hablar de lo necesario que es el feminismo. Unámonos entre nosotras. Corrijámonos y aprendamos para evitar caer en antiguos errores. Pero no permitamos que nadie nos diga si somos o no “buenas feministas”. Eso no lo deciden ellos.

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5 libros feministas para llevarte a la playa (o dónde quieras)


Si algo nos enseña el feminismo es que es una lucha impulsada por el continuo aprendizaje. Ese aprendizaje puede venir de la mano de otras personas, de experiencias propias y de productos culturales como los libros. Aprovechando que en verano solemos tener más tiempo libre, ¿por qué no dedicar unos minutos al día a disfrutar de historias apasionantes y, por supuesto, feministas?

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1. El segundo sexo (Simone de Beauvoir)

Empezamos con un libro feminista más teórico, al estilo de otros títulos imprescindibles como Una habitación propia de Virginia Woolf o Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adichie. La francesa Simone de Beauvoir revolucionó con este libro el siglo XIX y abordó temas como los estereotipos que cargan las mujeres por el mero hecho de ser mujeres, lo que se traduce también en una invisibilidad social y en una reducción y/o ausencia de derechos frente a los hombres. En definitiva, Simone fue de las primeras en alzar la voz a través de las letras para dejar claro que una mujer es mucho más que una “madre de”, “hija de” o “esposa de” un varón.

2. Morder la manzana (Leticia Dolera)

Precisamente a Simone de Beauvoir hace referencia la actriz y directora Leticia Dolera en Morder la manzana, que ha arrasado en ventas estos meses. Y no es de extrañar, porque de forma muy amena recorre los principales debates y luchas feministas de la actualidad, desde el acoso sexual y la desigualdad laboral hasta los cánones de belleza, la supuesta rivalidad entre mujeres y el mito del amor romántico. Resulta imposible no sentirse identificada con sus páginas.

3. El cuento de la criada (Margaret Atwood)

No hacen falta presentaciones para este libro, ¿verdad? Aunque fue publicado en los 80, ha sido en el siglo XXI cuando ha saltado a la fama por su adaptación televisiva. Plantea una sociedad distópica en la que las mujeres son vejadas, privadas de libertad y utilizadas únicamente para procrear. Un escenario salvaje del que puede que nosotros no estemos tan alejados. Al fin y al cabo, existe la gestación subrogada…

4. Orlando (Virginia Woolf)

Volvemos a un clásico, esta vez de la mano de Virginia Woolf. Mientras que Una habitación propia es una obra muy teórica, Orlando explora los roles de género, la transexualidad y el placer femenino a través de la ficción. O quizá no tanto, ya que al parecer está basada en la vida de su amada Vita Sackville-West.

5. La noche soñada (Màxim Huerta)

Me gustaría acabar con una recomendación muy especial. La noche soñada es de ese tipo de libros que te mantiene con una sonrisa durante toda la lectura, que narra historias cotidianas de mujeres maravillosas, que reivindica los cuidados del hogar que tradicionalmente han recaído sobre ellas, sobre nosotras. También es una crítica al maltrato y a la violencia machista, a la vez que una oda a la sororidad. En definitiva, una novela bella que desprende feminismo de forma sutil pero efectiva.

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Esas chicas de la playa


Estoy en la playa y, de repente, las veo llegar. Es un grupo de cuatro chicas, cuatro amigas de unos 17-18 años. Caminan hablando y riendo, felices de pasar la tarde juntas en el mar. Sacan las toallas de sus bolsas, las extienden sobre la arena y, entonces, todas ellas captan mi atención.

Carla

La morena de la coleta baja se llama Carla (o, al menos, así decido llamarla yo en mi mente). Tiene unos ojos preciosos y al sonreír se le forman hoyuelos en las mejillas. Pero al fijarme más, me doy cuenta de que la sonrisa pronto abandona sus ojos. ¿Por qué mira tanto a su alrededor? ¿Por qué de repente parece tan tensa? Agacha la mirada y se quita el pareo muy rápidamente. Lo mismo hace con su top de flores. Apenas me da tiempo a ver su bikini, pues rápidamente se sienta y se tapa con una toalla disimuladamente (o quizá no tanto…). Una vez que sus muslos y su vientre están cubiertos, respira tranquila. Ya nadie puede juzgarla.

Eva

Eva tiene un pelo precioso, muy largo y dorado. Es alta y esbelta, y al quitarse el vestido deja ver un trikini rojo espectacular que le sienta como un guante. Parece feliz con él. Pero, entonces, su rostro se contrae. Acaba de ser consciente de que varias miradas se han posado en ella. Hay un hombre de unos 40 años que la observa sin reparo. También hay un grupo de chicos mirando y comentando el tamaño de sus senos. Y a esto se suman un par de chicas que pasean por la orilla dedicándole miradas inquisidoras, que parecen cuestionar si el trikini muestra demasiado o no.

Marta

Ella es la que más se ríe de las cuatro. No deja de hacer bromas y no tarda en quitarse la camiseta y el sostén. Ante la mirada atónita de algunos grupos de jóvenes y mayores, Marta deja al descubierto sus pechos blancos. Aunque es el siglo XXI, a muchos les sigue incomodando ver los pezones de una mujer. A Marta parece no importarle, hasta que se da cuenta de que algunos ojos no se dirigen a su pecho, sino a sus axilas. Hace un tiempo decidió no depilarse esa zona, ni tampoco las piernas. Es una chica segura de sí misma, pero ahora que es el blanco de todas las miradas y de algún que otro desagradable comentario sobre su vello, su autoestima parece tambalearse…

Laura

Todas sus amigas se han quedado en ropa de baño menos Laura. Pero no tarda en hacerlo. Su bikini tropical de la talla 38 le sienta muy bien. Es consciente de que nadie pensará que está gorda, ni que es demasiado provocativa, ni que no es lo suficientemente femenina. Se ajusta a la norma, cumple los cánones. Pero le cuesta lo suyo. Con disimulo, se coloca la braguita para tapar sus incipientes estrías. También tiene un poco de celulitis, pero saber cómo sentarse para disimularla. Ahora ya está lista para pasar desapercibida, para ser la mujer que todos quieren que sean. O eso cree.

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Todos hemos visto a esas chicas de la playa. Quizá no se llamen Carla, Eva, Marta y Laura, sino Mónica, Sara y Jessica. Quizá las hayas visto en la piscina pública, o en un pantano. Y quizá una de ellas seas tú, o tu mejor amiga, o tu hermana pequeña. Sea como sea, la discriminación hacia las mujeres permanece. No importa si pesas 70 kilos o si tienes una cintura fina: es muy probable que te acaben criticando. Y épocas como el verano sacan a relucir más que nunca este machismo, este quiste que nos oprime y nos hace sentir más inseguras.

Por eso, seas quien seas, te parezcas más a Carla o a Laura, decidas depilarte o no, tengas los muslos gruesos o las piernas finas, lleves bañador o hagas topless, recuerda que nadie tiene derecho a juzgarte. No te escondas tras la toalla ni te avergüences de tu cuerpo. No eres culpable de las miradas de lascivia, de los insultos ni de las críticas. Ama tu cuerpo y disfrútalo.

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Micromanadas


Hoy España está de luto. La sentencia a La Manada, ese grupo de energúmenos que violaron a una joven entre todos en los Sanfermines de 2016, ha acabado en 9 años de condena. Así de barato sale violar en España. Aunque para los jueces no es violación, sino “abuso sexual continuado”. Bonito eufemismo para aludir a una tortura a una chica borracha, paralizada, en shock.

Lo peor de todo esto no es que estos jóvenes salgan de la cárcel en 9 años (o en menos, si se reduce la condena). Lo peor no es ni siquiera que vuelvan a cometer una barbaridad así con otras chicas. Lo peor es que esta sentencia ha sentado un precedente en nuestro país: si no te resistes, no es violación. Pero si te resistes… puedes acabar en la tumba, como Diana Quer.

Pero hay algo aún peor que todo esto. Imaginaos a una mujer violada en una discoteca. O por un compañero de trabajo. O hasta por un amigo. Él ha abusado de ella y ella no ha podido hacer nada para evitarlo. ¿De verdad creéis que se va a atrever a denunciar? No. Más bien, pensará: “Sí a la víctima de La Manada no la han creído a pesar de haber pruebas como vídeos o mensajes en WhatsApp, a pesar de que los condenados tenían antecedentes, a pesar de que contaba con el apoyo social… ¿quién me va a creer a mí?

Pero, eh, esperad. Que hay más. Sí, sí. Hay algo AÚN PEOR que todo esto. Y son las micromanadas. Son esos cavernícolas que comentan en foros y en Twitter que “se está juzgando a unos inocentes”, que “no todos los hombres son iguales”, que “las feminazis son unas exageradas”. Es ese señor del bar que dice que “a lo mejor fue sexo consentido”, que “eso no se sabe”, que “quién le mandaría a ella irse con 5 tíos a un portal”. Es ese hombre que te silba por la calle, te murmura (o te grita) un piropo o te mira los pechos porque “para algo llevas escote, ¿no?”. Es ese colega que hace chistes machistas y, cuando tú te enfadas, te dice “que no tienes humor”, que “solo son bromas”, que “no seas una amargada”, que “te hace falta un buen polvo”. Las micromanadas son esos grupos que destilan odio, que utilizan la palabra “feminazi”, que quieren verte callada. Quieren que no grites, como hizo la víctima de La Manada presa del pánico. Porque si gritas, quizá no vivas para contarlo. Pero… ¿sabéis qué? Nos arriesgaremos. Por todas las que gritaron antes de nosotras y por las que no pudieron hacerlo. Por Nagore, por Diana, por Marta del Castillo. Por nosotras, la verdadera manada.

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Ilustración de Eneko las Heras.

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Por qué el feminismo necesita a Amaia de OT


El feminismo se aprende (y se aprehende) de muchas formas. Y, aunque parezca extraño, una de esas maneras es a través de la televisión. Son muchas las veces que hemos criticado a este medio por perpetuar el sexismo a través de programas, spots publicitarios y otros espacios. Pero en esta ocasión, tenemos que dar las gracias a la tele y a un talent show en concreto por darnos a conocer a ella: Amaia.

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Amaia es importante para el mundo y para el feminismo. Y os lo digo yo que ni siquiera he sido fan de esta edición de Operación Triunfo, el programa musical que ha ganado esta joven de Pamplona. Pero no sabéis hasta qué punto es positivo que se hable de feminismo, que se denuncie el machismo y que se critiquen los roles de géneros en un programa de masas dirigido principalmente al público joven. Jóvenes que, lejos de ver cómo se perpetúa la figura de la mujer objeto como sucede en otros programas, ven a una chica natural que se queja ante miles de espectadores de tener que llevar tacones o depilarse las axilas por el mero hecho de ser mujer.

Se está avanzando mucho, sí, pero todavía te miran raro al declararte feminista. Pero Amaia lo ha hecho en prime time. Incluso jugándose los votos de los españoles para ganar el concurso. También ha hablado del vello de su cuerpo con naturalidad y no se ha depilado las piernas, ni las axilas. Y cuando las revistas han borrado ese pelo de su cuerpo, ella lo ha dibujado.

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“¿Que no nos quieren a las mujeres con pelo? ¡Pues toma!”

También ha dicho que una mujer no necesita ser madre para sentirse completa. Ni llevar tacones para sentirse más bella. Y se ha indignado al ver lo mal visto que está que una mujer muestre sus pechos voluntariamente y lo normalizado que está esta exposición en el sexo opuesto. Y cuando vio que a sus compañeros varones les colocaron una PlayStation en sus camerinos y a las chicas, un espejo. Porque las chicas también tienen pelos, también tienen derecho a llevar zapatos cómodos y también disfrutan jugando a videojuegos y no acicalándose frente al espejo.

Pero lo mejor de todo es que Amaia es solo una chica más de las que está impulsando el feminismo. ¿Que sigue existiendo el machismo entre los jóvenes? Cierto, pero también estamos asistiendo a un despertar, estamos viendo a adolescentes alzar pancartas feministas en manifestaciones o utilizar sus redes sociales para apoyar a sus compañeras frente al machismo.

Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Malala Yousafzai, Amaia de OT… Tan diferentes, pero tan iguales a la vez. No menospreciemos a ninguna de ellas, porque ya sea a través de los libros, del activismo político, del cine o de un programa de televisión para millenials, todas han contribuido a lo mismo: a construir un mundo un poco más feminista.

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Yo también odié a Miley Cyrus y me arrepiento


Todos hacemos cosas de las que nos arrepentimos, ya sea llevar pantalones de campana, ser fan de ‘Crepúsculo’ o decir “ni machismo, ni feminismo; igualdad”. En mi caso, una de las cosas de las que me avergüenzo es de haber criticado a algunas mujeres famosas como Miley Cyrus. Sí, en su día la juzgué sin razón y cometí un gran error.

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– Critiqué a Miley Cyrus por dejar de ser Hannah, a pesar de que tenía derecho a crecer y dejar atrás su papel de ‘chica Disney’.

– Critiqué a Miley Cyrus por empezar a vestir provocativa, a pesar de que la vestimenta no es lo que define a las mujeres.

– Critiqué a Miley Cyrus por hacer twerking, a pesar de que el culo que meneaba era suyo.

– Critiqué a Miley Cyrus por cortarse el pelo y “ponerse fea”, a pesar de que era su maldita melena.

– Critiqué a Miley Cyrus por desnudarse en un videoclip, a pesar de que era SU videoclip.

– Critiqué a Miley Cyrus por “perrear” en los premios VMA 2013, a pesar de que fue Robin Thicke el que bailaba de forma dominante y ganaba millones con una canción machista.

– Critiqué a Miley Cyrus por dejar a Liam Hemsworth, a pesar de que ella tenía derecho a decidir por su vida y disfrutar de su sexualidad como le viniera en gana.

– Critiqué a Miley Cyrus por ser chabacana, por no ser elegantemente sexy como Beyoncé, a pesar de que el concepto de “sexy” es subjetivo, a pesar de que una mujer es mucho más que eso.

Critiqué a Miley Cyrus por hacer con su físico lo que le apetecía, por madurar, por rebelarse, por ser una mujer libre. Sí, su imagen cambió y se volvió mucho más sexualizada. Pero… ¿y qué? ¿Acaso ella no tiene derecho a vender su música como le plazca? ¿No debería molestarnos más que hombres cantantes se hagan ricos con letras machistas y desnudando y cosificando cuerpos femeninos, cuerpos que no son suyos? Y ese es precisamente el quid de la cuestión. La sociedad quiere a las mujeres sumisas, por lo que cuando alguna se sale de la norma y es ella la que enseña su cuerpo voluntariamente, la respuesta más frecuente es escandalizarse, juzgar, criticar. Decir que se le ha ido la cabeza, que era mucho mejor “la antigua Miley” (más casta, más pura, más dócil), que no le llega a la suela del zapato a otras mujeres (como si hubiera que comparar a las mujeres por los centímetros de piel que enseñen o por su forma de contonear las caderas o agitar el trasero), que qué vergüenza y que qué van a pensar los niños al ver a una cantante desnuda sobre una bola de demolición (eso sí, luego les dejamos expuestos a películas y series sangrientas donde se ejerce violencia contra las mujeres).

Critiqué a Miley Cyrus como en su día también criticaron a Dolly Parton. Y a Cyndi Lauper. Y a Madonna. Y a Lady Gaga. Y a todas esas mujeres que se desvincularon de los hombres, que brillaron solas, que decidieron sobre sus cuerpos, que desafiaron al sistema. Y, sinceramente… ¡qué aburrido sería el mundo sin todas ellas!

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Las W.I.T.C.H: la revista feminista adolescente de la que no nos dábamos cuenta


Cuando paso por un kiosko y veo revistas como Super Pop, algo se remueve dentro de mí. Sí, yo soy la primera que las ha leído y guardo algunos buenos recuerdos, pero la perspectiva cambia cuando creces, maduras y empiezas a verlo todo desde una óptica feminista. Las revistas femeninas para adolescentes siempre han sido muy absurdas: tests para enamorar a los chicos, moda para conquistar a los chicos, trucos de belleza para gustar a los chicos, consejos para llamar la atención de los chicos, y así un larguísimo etcétera. ¿Es eso lo único que queramos que tengan en la cabeza las chicas de doce, trece o quince años? ¿No estaría bien tratar de fomentar también que se quieran a sí mismas? ¿Hablar de referentes femeninos interesantes en vez de incluir únicamente posters de chicos sin camiseta? ¿Regalar alguna otra cosa con las revistas aparte de sombras de ojos o pintalabios de purpurina?

Pero entonces, caí en la cuenta: yo sí tuve una revista feminista y no me percaté de ello. Me refiero a la revista W.I.T.C.H., una publicación italiana que contaba en forma de cómic las aventuras de unas jóvenes con poderes mágicos llamadas Will, Irma, Cornelia, Taranee y Hay Lin.

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Adoraba a las W.I.T.C.H. Todos los meses estaba deseando comprarme el nuevo número de la revista, y hasta los libros que más adelante editaron. Y ahora, unos cuantos años después, entiendo el porqué de mi ‘adicción’: las W.I.T.C.H eran feministas.

– A las chicas también nos gusta la cultura

Mientras que los chicos tenían sus revistas de videojuegos y superhéroes, nosotras nos teníamos que conformar con revistas que nos trataban como tontas. Pero las W.I.T.C.H nos embaucaron hacia el mundo del cómic, hacia aventuras en las que las protagonistas eran, nada más y nada menos, que cinco chicas poderosas que superaban sus miedos: desde el monstruo más aterrador hasta las preocupaciones más cotidianas.

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– Referentes femeninos necesarios

Lo que más me gustaba de las W.I.T.C.H. es que me sentía muy identificada con ellas. Al fin y al cabo, eran cinco adolescentes normales con inseguridades respecto a la familia, la amistad o el amor, entre otras. Pero cuando se transformaban y usaban sus poderes mágicos, siendo capaces de derrotar a todo tipo de monstruos, se daban cuenta de que si se lo proponían, podían superar cualquier cosa. Las preocupaciones por los chicos estaban presentes, sí, pero quedaban relegadas a un segundo plano. Estas chicas iban al insti y en sus ratos libres salvaban el mundo. ¡¿QUÉ PODÍA IMPORTAR MÁS QUE ESO?!

– Multiculturalidad y sororidad

Pero ya no es solo que las W.I.T.C.H. sean chicas que luchan contra el mal y superan sus complejos, sino que también transmiten valores muy positivos. Para empezar, la idea de multiculturalidad está presente desde el inicio del cómic. Sin ir más lejos, el grupo está formado por tres chicas caucásicas (Will, Irma y Cornelia), una joven de raza negra (Taranee) y una muchacha china (Hay Lin). A esto se suma que sus perfiles son muy diferentes entre sí: distintas clases sociales, intereses, personalidades, etc. Pero nada de eso importa, porque sus poderes secretos las unen, creándose todo un vínculo de protección, respeto y sororidad muy inspirador.

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Tras esta retahíla de alabanzas al que fue uno de los fenómenos de mi infancia, quizá os preguntéis: “¿Y es que las W.I.T.C.H. no tenían fallos?”Y la respuesta es afirmativa. Por ejemplo, un detalle que me chirría es que, aunque las W.I.T.C.H. presentaban características físicas diferentes entre sí -distintas estaturas, pesos, rasgos faciales, etc.-, cuando usaban sus poderes para transformarse, todas se volvían más esbeltas, con pechos y traseros más pronunciados y rostros maquillados. La asociación de belleza con poder puede resultar peligrosa. Pero, a pesar de ello, lo que es innegable es que las W.I.T.C.H. iban más allá que el resto de revistas para chicas, apostando por la cultura, dando protagonismo a las mujeres y transmitiendo el mensaje de que el poder y el éxito no entienden de géneros.

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