¿Cómo afecta a las mujeres que Trump sea presidente?


Donald Trump y yo tenemos algo en común: nuestra película favorita es ‘Pulp Fiction’. Sin embargo, nuestras razones son bien distintas.Y es que Trump declaró sentirse emocionado con una parte específica de la película. En concreto, cuando uno de los personajes obliga a otro a callar a su mujer a punta de pistola. Según Trump, “la mejor parte de cualquier película es cuando hacen callar a las mujeres”. Y eso es lo que va a hacer él en su gobierno: silenciar a las mujeres.

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Siento indignación y siento rabia. No vivo en Estados Unidos, pero no importa. La reciente victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses nos afecta a todos. Colectivos como los inmigrantes o los homosexuales son los que experimentarán las peores consecuencias del mandato de un magnate que carece de experiencia política y desprende soberbia y odio.

Las mujeres somos la mitad del planeta, pero seguimos siendo consideradas el sexo débil. Ahora, el país más poderoso del mundo está bajo el influjo de un hombre misógino que no ha tenido ningún reparo en demostrar su ignorancia y su desprecio hacia las mujeres en público. Desde luego, no soy experta en política estadounidense, pero creo que es fácil adivinar lo que les espera a las mujeres de Estados Unidos (y al género femenino en general) en el gobierno de Donald Trump. Estas son algunas frases sobre las mujeres que el recién electo presidente de EEUU ha pronunciado ante políticos, periodistas y el mundo:

1. “Las mujeres son, en esencia, objetos estéticamente agradables”
Por desgracia, Trump no es el único que considera a las mujeres meros objetos. Pero, a diferencia de otros, él no duda en decirlo abiertamente y hasta plasmarlo por escrito en su libro ‘Trump 101’.

2. “El acoso sexual en el ejército es algo totalmente esperable”
En mayo de 2013, Donald utilizó Twitter para ofrecernos su opinión sobre este tema. Parece ser, que el acoso sexual en las fuerzas armadas es algo totalmente normal: “¿Qué otra cosa esperaban, si mezclaron a los hombres con las mujeres, genios?”. Ya sabéis, mujeres, si os violan es culpa vuestra. ¿Quién os mandaría a vosotras alistaros en el Ejército y luchar por la profesión que amáis?

3. “Si una mujer quiere ser periodista, debe ser sensual”
¿Formación? ¿Esfuerzo? No, amigos, no: si una mujer quiere ser periodista, el principal requisito que debe cumplir es estar buena. Tal cual.

4. “Darle a tu mujer objetos de valor es un terrible error”
Pero no nos asombremos. El machismo de Trump no es nuevo. Ya en 1990 aseguró que jamás le compraría joyas ni obras de arte a Ivana, su primera esposa, porque “las mujeres no deben tener objetos que puedan convertir en dinero”.

5. “Cuando eres una estrella, puedes hacer con las mujeres lo que quieras. Agarrarlas por el coño, lo que sea”
No hace falta que comente nada al respecto, ¿verdad?

A todas esas repugnantes declaraciones se suman otros hechos también despreciables. Por ejemplo, acumula varias denuncias por abusos sexuales a varias mujeres (Rachel Crooks, Jessica Leeds o Summer Zervos). Más de una vez ha atacado a su contrincante, Hillary Clinton, utilizando el machismo como arma (“Si Hillary no puede satisfacer a su esposo, ¿cómo va a satisfacer a Estados Unidos?”, escribió en Twitter durante la campaña electoral). También ha insultado a otras mujeres famosas como la actriz Angelina Jolie (“Ha tenido tantas parejas que ya no me parece atractiva”) o la cantante Cher (“Cher está sola y es una perdedora”). Llamó gorda a Kim Kardashian y a Alicia Machado, ex Miss Universo. Abandonó un juicio cuando una abogada pidió una pausa para amamantar a su bebé, mientras exclamaba “¡Es repugnante”. Incluso, permitió que un periodista radiofónico llamara “pedazo de culo” a su propia hija, Ivanka.

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Photo by Chip Somodevilla/Getty Images

¿Qué podemos esperar de un hombre así? Hará América grande, sí, pero grande en machismo, intolerancia y sinrazón.

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Lo mataron por puto


Daniel fue asesinado por puto. Bueno, mejor digamos que ‘murió’ por puto, para no escandalizar. Es que somos muy sensibles. Y, total, es lo mismo, ¿no? “Morir”, “ser asesinado”… ¡Bah! Son solo palabras. No hay que darle tantas vueltas al lenguaje.

Pobre Daniel… Tenía dos hijos y están destrozados. Su esposa, también. Pero es que ya le vale a Daniel. ¿Quién le mandaría caminar solo por la calle en plena noche?

A Daniel lo mataron entre tres chicas. Le metieron en un coche por la fuerza y él ya no pudo escapar. Pobre Daniel… Pero podría haber ido más ‘tapadito’, para qué nos vamos a engañar. No es que fuera su culpa, claro, pero algo de responsabilidad sí que tiene. Es decir, si no quieres que te ataquen o te violen, no vayas provocando. No lleves pantalones cortos a no ser que sea de día o que vayas con tu pareja. Si no, no te extrañes de que te miren, te piropeen o te asesinen.

Antes de morir, Daniel fue drogado y agredido sexualmente. Bueno, aunque a juzgar por el vídeo que grabaron las chicas y que se ha hecho viral en Internet, él no opuso mucha resistencia. Podría haberles dicho que parasen o que no grabasen. No sé, podría haber gritado. Podría haberlo impedido. Podría haber hecho algo.

Le desnudaron, le vejaron y se aprovecharon de él. Después le pegaron. ¡Pobre Daniel! Tuvo que sufrir muchísimo. Y encima el vídeo está circulando por Internet. Qué vergüenza tiene que estar pasando su familia. Mira que exponerse así y no impedir que lo violaran y lo mataran. Uf… Si no hubiera estado solo de noche en esa calle y si hubiera vestido pantalón largo, todo habría sido diferente. Pero, claro, ya se le veía venir. Solo hay que ver su Instagram. Sus fotos son bastante subidas de tono. Ya sabéis, sin camiseta, en bañador, enseñando las piernas… Y, además, ha tenido muchas novias. Solo hay que preguntar en su barrio. El chico siempre ha sido un poco suelto. Sí, un poco fresco. Un poco puto. Ojalá el caso de Daniel sirva para que el resto de hombres aprendan la lección y se hagan respetar. Que luego vienen los sustos, claro.

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Por suerte, Daniel no existe. Es un simple personaje inventado. Pero sí existen Lucía Pérez, Florencia Aguirre y María Ángeles. Ellas son mujeres que han sido asesinadas por el hecho de ser mujeres. Han sido atacadas, mutiladas y/o violadas. Ellas ya no están.

¿Y si cambiamos de género este relato? Sustituyamos al ficticio Daniel por Lucía. O por Florencia. O por las 38 mujeres que han muerto en 2016 solo en España. Mientras que con Daniel nos escandaliza, con las mujeres quizá ya no tanto. Al menos, no a los medios de comunicación que hablan de mujeres que “mueren” en vez de mujeres a las que matan, a las que arrebatan la vida. Tampoco a gran parte de la sociedad, que está más preocupada de descubrir qué hizo la víctima mal en vez del agresor. Personas que cuestionan a las mujeres por su vestimenta, su sexualidad, sus hábitos o su estilo de vida. Personas que juzgan a la persona equivocada.

No caigamos nosotros en ese error. No seamos cómplices de las muertes de Lucía, María José o Estefanía. No ayudemos al machismo a matar.

#NiUnaMenos

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Las mujeres fuertes de ‘Stranger Things’


Si algo ha marcado el verano 2016 (incluso más que los Juegos Olímpicos) ha sido ‘Stranger Things’. Los hermanos Duffer han apelado a la nostalgia con esta serie plagada de referencias a la cultura pop de los años 80. Pero ‘Stranger things’ es mucho más que una ficción que recuerda a películas como ‘Los Goonies’ o ‘E.T’. Y es que, si hay algo interesante en la apuesta de Netflix es el peso que se le da a los personajes femeninos. Las mujeres de ‘Stranger Things’ acaparan el protagonismo, pero además son representadas como heroínas fuertes, inteligentes y luchadoras.

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La trama gira en torno a Will Byers (Noah Schnapp), un niño de doce años que, tras pasar el día jugando con su pandilla a ‘Dungeons & Dragons’, desaparece en misteriosas circunstancias. Al percatarse de su ausencia, su madre, Joyce (Winona Ryder) hace todo lo posible por encontrarle. Joyce es una madre soltera que trabaja duro dentro y fuera de casa para sacar adelante a su familia. A pesar de vivir en un pueblo pequeño en el que los rumores y las habladurías están a la orden del día, Joyce no se rinde en la búsqueda. No le importa que hasta su hijo Jonathan (Charlie Heaton) piense a veces que está loca: no hay nada que pueda parar a una madre decidida y valiente.

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Nancy Wheeler (Natalia Dyer) es otro de los personajes femeninos protagonistas de ‘Stranger Things’. Es cierto que su personaje es más estereotipado (típica chica guapa y popular del instituto), pero va evolucionando a lo largo de la serie. Es una adolescente inteligente y buena que no se hunde cuando la juzgan por haber tenido sexo con un chico. También se atreve a criticar hasta su propia madre, que sacrificó sus sueños personales por tener una vida cómoda casándose con un hombre con dinero. Además, poco a poco va demostrando que no se le caen los anillos por empuñar un arma (ni por enfrentarse a seres paranormales).

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El personaje de Nancy no podría entenderse sin su best friend, Barb (Shannon Purser). No es que sea muy protagonista, pero la templanza y la lealtad son sus señas de identidad. Tiene las cosas claras y no se deja llevar por la gente cool del instituto. Valora la amistad por encima de ser popular y, por eso, la queremos.

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Pero si hay un personaje que ha marcado a los seguidores de la serie es el de Once (Millie Bobby Brown). Esta inquietante niña llega al pueblo con un desconocido pasado detrás y con alucinantes poderes. Es dura y fuerte, pero también sensible y muy fiel a sus amigos. Además, demuestra que es capaz de derrotar y avergonzar a unos machitos matones sin mover un dedo ni mancharse el vestido.

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Todos somos machistas


El machismo no es cosa del pasado. Todos somos machistas, aunque no lo parezca. Sin excepción. Claro que hay distintos grados, pero aun así ninguna persona se salva de albergar aunque sea algo de machismo en su cuerpo. Desde la gente que parece salida de una caverna hasta las personas que se declaran feministas y luchan activamente por la igualdad. De una manera u otra, el machismo está en todos ellos, en todos nosotros.

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Hace unos días estaba leyendo un libro en el que una mujer era infiel a su marido con dos hombres distintos. A su vez, otro personaje del libro, esta vez un hombre, también engañaba a su esposa con otras mujeres. Me di cuenta de que me enfadaba mucho más la infidelidad del personaje femenino que la del masculino, cuando los dos habían sido infieles por igual. En mi cabeza, culpabilizaba más a la mujer infiel que al hombre, a pesar de que ambos habían engañado a sus parejas. No era algo premeditado, sino inconsciente, pero el hecho de juzgar más a la mujer infiel que al hombre, y hasta justificarle más a él, no es ninguna tontería. A eso se le llama machismo, un machismo que incluso los que nos tomamos muy en serio el feminismo, tenemos dentro. Es fruto de la sociedad patriarcal en la que hemos crecido, de una cultura machista que criminaliza constantemente a las mujeres (por su vestimenta, por sus ideas, por su vida sexual, por su trabajo, por su maternidad, etc.). Tenemos esas ideas incrustadas en el cerebro y por eso hay veces que hasta las propias mujeres actuamos de verdugo de nosotras mismas.

Y como este, vivimos otros muchos episodios machistas (o, mejor dicho, en los que nosotros somos machistas). Insisto en que hay distintos grados de machismo, pero creo que todos caemos en él alguna vez, aunque sea de forma inconsciente.

Somos machistas al fruncir el ceño cuando vemos a una mujer joven con un hombre mayor que ella (“Estará con él por su dinero”). Somos machistas al pensar que una falda es demasiado corta o que un escote es excesivamente pronunciado. Somos machistas al sentir asco cuando vemos a una mujer sin depilar. Somos machistas al enfadarnos más si el conductor que nos hace una faena al volante es una mujer en vez de un hombre. Somos machistas al decir “zorra”, “puta” o “hijo de puta”. Somos machistas al extrañarnos al ver a un niño jugando con muñecas y recelar de la educación que le dan sus padres. Somos machistas al pensar que una chica es “marimacho” por jugar al fútbol o llevar el pelo corto. Somos machistas por decir que una mujer “tiene que ser femenina” y no decir tacos y cruzar las piernas “como una señorita”. Somos machistas al criticar a las famosas que se operan. Somos machistas al sentir lástima por una mujer mayor sin pareja a la que “se le ha pasado el arroz”. Somos machistas por creer que una mujer debe hacerse respetar. Somos machistas por pensar en qué ha hecho mal una víctima de violencia sexual en vez del violador. Somos machistas por reírnos del humor sexista. Somos machistas por hablar más sobre el cuerpo de una deportista que de sus méritos deportivos. Somos machistas por escuchar, cantar o bailar música con letras que denigran a la mujer. Somos machistas a propósito o sin querer, pero lo somos.

Pero tampoco hay que autoflagelarnos. Lo importante es darse cuenta de nuestros errores, de que a veces seguimos mirando el mundo con una mirada patriarcal, de que tenemos que esforzarnos un poco más por cambiar las cosas, de que hay que seguir luchando y de que está en nuestra mano avanzar aún más.

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España, el país que no cuida el deporte (femenino)


En plenos Juegos Olímpicos de Río, todo el mundo habla sobre Carolina Marín. Y sobre las medallas de Mireia Belmonte. Y sobre el triunfo de Lydia Valentín. Pero… ¿y el resto del año?

España ha conseguido (de momento) un total de 11 medallas. 6 de ellas vienen de parte de las mujeres, esas deportistas que son ignoradas el resto del año, esas atletas de las que no hablan los telediarios y que no son portada de los periódicos deportivos. Sí, esas mujeres de las que estos días estamos tan orgullosos pero a las que el resto del tiempo no se les presta atención.

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Según he leído en un artículo de la periodista Carme Chaparro, solo 5 de cada 100 noticias de la prensa deportiva están protagonizadas por mujeres. Y eso que, en lo que llevamos de Olimpiadas, la mitad de las medallas que tenemos se las debemos a ellas. Lo peor de todo es que, de esas escasas noticias protagonizadas por mujeres, la mitad de ellas no son acerca de mujeres deportistas, sino de las novias de los hombres deportistas. Entonces… ¿qué espacio les queda a las deportistas femeninas? ¿Con qué atención se quedan a pesar de su esfuerzo y los triunfos que nos regalan?

Pero, por increíble que parezca, lo peor no es esto. No, lo peor no es que, como dice la propia Mireia Belmonte, los medios presten más atención al nuevo peinado de Sergio Ramos o Neymar que a las medallas de oro de la nadadora. Lo peor no es que se hable poco del deporte femenino, sino que se habla mal. Lo peor son los artículos sexistas sobre las novias de los deportistas masculinos. Lo peor son los ránkings de “Las mujeres más sexys del deporte”. Lo peor son las fotografías del deporte femenino, planos imposibles que enfocan los traseros de las jugadoras de volley o los pechos de las tenistas. Lo peor son las críticas a la espalda “poco femenina” de Mireia Belmonte o al vello en el cuerpo. Lo peor es que que una deportista tenga la regla sea noticia porque la menstruación siga siendo un tema tabú. Lo peor es que los periodistas ni se molesten en documentarse sobre logros femeninos en el deporte y sean los propios atletas los que tengan que recordárselos. Lo peor es que se preste más atención al maquillaje de Lidia Valentín que a su bronce en halterofilia. Lo peor es que los periódicos se sorprendan de que Carolina Marín tenga novio. Lo peor es que no se tome en serio a las mujeres.

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Las mujeres, constantemente sexualizadas en las fotografías deportivas.

Sé lo que muchos dirán: “El deporte femenino no interesa, por eso no se habla de él”. Estos días se está viendo que sí interesa, que a todos nos gusta llevarnos medallas de oro a nuestro país, que a todos nos gusta ganar. Si los medios no informan sobre ello, si dedican tan solo unos segundos en los informativos y un par de páginas en los periódicos, si eclipsan cualquier triunfo femenino con periodismo de declaraciones o noticias de vestuario de fútbol, es normal que la gente pierda el interés. Si las propias federaciones no financian el deporte femenino como se merece y son las propias mujeres deportistas las que tienen que poner dinero de su bolsillo para entrenarse y competir, es lógico que la sociedad no reconozca como se merece a las deportistas femeninas.

Acordémonos de Carolina todo el año. Y de Mireia. Y de Lydia. Y de Maialen Chourraut. Y de Eva Calvo. Y de todas esas chicas y mujeres anónimas que intentan triunfar en un ámbito que, por desgracia, sigue siendo de hombres.

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7 canciones feministas para luchar contra el machismo


La música es poderosa y no hay que subestimar su influencia en la cultura popular y en la sociedad. A través del punk se intentó cambiar un sistema político y social que no se veía justo, mientras que las canciones de artistas como David Bowie o Prince lideraron todo un movimiento de liberación sexual y libertad. Por supuesto, el feminismo también tiene su representación musical y se sitúa en el punto contrario a las sexistas letras de algunas canciones de reggaeton, que no es el único estilo musical que fabrica música machista.

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Estas son algunas de las canciones que exigen igualdad, que hablan de mujeres fuertes y que, en definitiva, hacen del mundo un lugar un poco mejor:

1. ‘Rebel girl’ (Bikini Kill)
“When she talks, I hear a revolution”. Este es uno de los versos de la canción más famosa de Bikini Kill, uno de los grupos más influyentes del movimiento Riot Grrrl. Con estas potentes palabras, las chicas de Bikini Kill hicieron un llamamiento a las mujeres para que lucharan por sus derechos. Ellas pusieron en práctica esta revolución abriéndose camino en un mundo de hombres como es el rock y el punk.

2. ‘She´s a rebel’ (Green Day)
Green Day también habló de todas esas chicas rebeldes e inconformistas con el sistema en ‘She´s a rebel’. Los rumores apuntan a que la canción se refiere en concreto a la cantante Avril Lavigne pero, sea como sea, representa a todas las mujeres que luchan.

3. ‘María se bebe las calles’ (Pasión Vega)
Uno de los retratos más duros de la problemática de la violencia de género lo hizo Pasión Vega en este tema. En nuestro país hay muchas Marías que mueren a manos de sus parejas, mujeres que sufren en la sombra y en silencio y a las que, por desgracia, no siempre escuchamos.

4. ‘Girls just wanna have fun’ (Cyndi Lauper)
Aunque fue escrita por Robert Hazard, ‘Girls just wanna have fun’ se convirtió en un himno feminista gracias a Cyndi Lauper. Es toda una réplica a todos aquellos que siempre han cuestionado y juzgado el papel de la mujer en la sociedad.

5. ‘***Flawless’ (Beyoncé)
Beyoncé es una de las artistas más comprometidas con el feminismo, algo que puede apreciarse en canciones como ‘***Flawless’, en la que mezcla con R&B y rap las poderosas palabras de uno de los discursos más emblemáticos de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, ‘We Should All Be Feminists’. En ‘If a were a boy’ se pone en la piel de un hombre y los privilegios de los que goza por su sexo y en ‘Irrepleaceable’ demuestra que la dignidad de una mujer no acaba tras una ruptura.

6. ‘Malo’ (Bebe)
Junto a ‘María se bebe las calles’, este tema de Bebe es uno de los cantos contra la violencia machista más potentes de la música española. También hay que destacar ‘Ella’, canción con la que deja claro que el mundo también es un lugar de mujeres.

7. ‘Acabado en A’ (El canto del loco)
No podía terminar esta lista sin incluir uno de los grupos de mi adolescencia. Sí, yo fui carpetera de El canto del loco. En su disco ‘Personas’ podemos encontrar este tema tan cañero que en su día me sorprendió por su contenido feminista. “De no ser por ellas nos extinguimos, son valientes y nosotros no” es solo una de las pruebas de ello.

Empapémonos de música inspiradora y enterremos todas esas canciones que incitan al sexismo. O sigamos el ejemplo de Las Insumisas, unas chicas que tiñen de violeta las letras machistas de algunas canciones. A mí me gusta especialmente ‘Sin ti liberada’, versión feminista de ‘Sin ti no soy nada’ de Amaral.

Y a vosotr@s, ¿se os ocurren más canciones feministas?

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¿Por qué llamamos ‘putas’ a las madres?


En cualquier discusión acalorada que se precie, es muy fácil escuchar insultos como “hijo de puta”. También podemos encontrar este despectivo apelativo en contextos jocosos o de broma (“Estás hecho un hijoputa, tronco”). Puede parecer una cuestión banal, pero yo me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué llamamos “puta” a la madre de nuestro interlocutor para ofenderle? ¿Qué tiene que ver ella con la discusión o con el asunto en sí? ¿Por qué siempre se ataca a las mujeres aunque sean totalmente ajenas al tema?

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Sé lo que me van a decir muchos al leer este artículo: EXAGERADA. Me van a decir que llamar a alguien “hijo/a de puta” no es machista y que veo sexismo donde no lo hay. Pero sí hay machismo y lo seguimos perpetuando día a día con el lenguaje.

Para empezar, nos encontramos ante un insulto machista porque se está intentando vejar a una mujer que ni siquiera está presente en la conversación. Muchos dirán que esta expresión está tan lexicalizada que nadie piensa en la madre de la persona a la que insulta, sino que simplemente utiliza este improperio por costumbre, porque está asentando en el lenguaje. Pero el hecho de que efectivamente esté enraizado en nuestra lengua y a veces se emplee hasta por inercia, no lo libera del machismo. Al fin y al cabo, se está nombrando a las madres y se las está insultando, implicando estructuras de poder propias del sistema patriarcal. De hecho, uno de los mayores agravios para un hombre es meterse con su madre, mientras que con las mujeres el abanico de insultos se amplía. Además, jamás he visto que nadie insulte al padre de su interlocutor para ofenderle, mientras que en el caso de las madres sí existe un vocablo concreto que, utilizándose inconscientemente o no, las alude y ofende repetida y constantemente.

Por otra parte, “hijo de puta” es una referencia a las mujeres prostitutas de forma despectiva. Además del propio sexismo que ejercer la prostitución implica, este colectivo es un blanco recurrente de burlas e insultos. Los que emplean la palabra “puta” para tratar de humillar a alguien se olvidan de que los que realmente deben avergonzarse son los chulos o los que fomentan la trata de personas con fines de explotación sexual. Eso sí que es asqueroso.

Tenemos que acabar con los usos machistas del lenguaje. Tenemos que dejar de decir “me cago en tu madre” o “me follé a tu madre” para herir el orgullo de nuestro interlocutor, táctica que se utiliza sobre todo con hombres. Tenemos que dejar de creer que un zorro es un hombre listo mientras que una zorra es una prostituta. Y tenemos que quitarnos la idea de la cabeza de que ser puta es una vergüenza. Hablemos con propiedad y, sobre todo, dejemos a las madres tranquilas.

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El lado oscuro de los Sanfermines: el machismo


Hoy todo el mundo habla de los Sanfermines, pero muy pocos lo hacen del machismo que año tras año se ve en las fiestas más famosas de Pamplona. Las agresiones sexistas se multiplican en temporada de fiestas, ya que muchos hombres aprovechan las aglomeraciones de gente y la pasividad social para agredir a mujeres. Y con agredir me refiero a tocamientos y acoso sexual escudados en “no es mi culpa que ella vaya borracha”, “ella no dijo que no” y “en fiestas todo vale”.

No, en fiestas no todo vale. No me parece una excusa para agredir a una mujer. Porque, por mucho que le cueste a muchos entenderlo, una agresión no solo implica violencia física. Creerse con el derecho de manosear el cuerpo de las mujeres, de intimidarlas, de tratarlas como objetos, también es agredir. Agresiones que, por cierto, año tras año quedan impunes.

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Este año, el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, ha incluido una cláusula en el bando municipal de las Fiestas de San Fermín en el que insta a la sociedad a “adoptar una actitud activa” al presenciar este tipo de agresiones. Eso está muy bien, pero sería mucho más efectivo hablar de multas y condenas por parte del Ayuntamiento a los agresores. La sociedad no va a abrir los ojos por mucho que lo diga el alcalde, ni va a adoptar una actitud activa. El machismo está tan incrustado en la estructura social que todavía cuesta identificar como machistas las agresiones que se producen en los Sanfermines. Lo más común es restar importancia, pensar que es normal que una mujer sufra tocamientos porque “son fiestas, hay mucha gente y hay mucho alcohol”.

Da igual si la víctima o el agresor están ebrios: la agresión no está justificada. Tampoco hay que respaldarse en la gran cantidad de gente que acude a estos festejos. Por supuesto, tampoco en las tradiciones. Si restamos importancia a estos sucesos, las propias víctimas lo harán también y será más difícil acabar con ellos. Tampoco es de recibo utilizar estas imágenes en las que un grupo de hombres manosea a una mujer para representar gráficamente los festejos ni como reclamo turístico. No sexualicemos a las mujeres una vez más, por favor.

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“Mujeres y cornadas”, así informa Terra sobre los Sanfermines

Quería acabar el artículo haciendo una mención especial a las reporteras que cubren este tipo de eventos. Ellas, que están allí para hacer su trabajo como lo haría un periodista masculino, se ven obligadas a soportar piropos indeseados y tocamientos en pleno directo. Lo más grave es que algunos de estos vídeos son tomados a risa por los compañeros varones de las reporteras y por la sociedad en general. Agredir a una mujer no es gracioso.

Tenemos que abrir los ojos y tenemos que hacerlo ya. ¿Cómo pretendemos eliminar el machismo de la política o las cúpulas directivas de las empresas si lo permitimos en las fiestas populares, en el día a día? Llamemos a las cosas por su nombre y no disfracemos el  machismo de diversión.

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No son buenos tiempos para ser lesbiana


Los muertos y heridos del atentado homófobo de Orlando del 12 de junio todavía duelen. Nos duelen a todos y, por eso, el Día Internacional del Orgullo Gay de este año va a ser más reivindicativo que nunca. Es inconcebible que en pleno siglo XXI se siga atacando a personas por su sexo u orientación sexual. Es indignante que sigan existiendo prejuicios hacia el colectivo LGTB. Es triste que la sombra de la discriminación todavía cubra a muchas personas.

Aprovechando esta fecha tan especial, este día en el que alzamos la voz e intensificamos la lucha más que nunca, quería plantear un tema que siempre me ha rondado por la cabeza: dentro de la discriminación que sufren las personas homosexuales, ¿la realidad es aún más dura para las lesbianas?

Xena y Gabrielle, lesbianas influyentes del mundo de las series

Esto no es una competición de ver quién es más víctima, si los hombres homosexuales o las lesbianas. Simplemente, es interesante pensar en cómo le puede afectar a una mujer en nuestra sociedad ser mujer y ser lesbiana. Porque, sí, las mujeres lesbianas sufren una doble discriminación: la de ser mujer y la de ser homosexual. El verdugo, por supuesto, es el mismo, ese famoso heteropatriarcado del que habló Alberto Garzón y al que nadie tomó en serio.

Hay muchas víctimas del sistema patriarcal: hombres, mujeres, gays, lesbianas, transexuales, etc. De alguna manera, ser mujer homosexual engloba dos agravantes: la orientación sexual y el propio sexo. Si esa mujer lesbiana de la que hablamos es, por ejemplo, inmigrante, se suma otro agravante más. Tal es el caso de las gitanas lesbianas de las que habla Noemí Trujillo en este interesante reportaje.

Solo hay que fijarse en la cultura popular y en los estereotipos que en ella imperan para darnos cuenta de la concepción que se tiene de las mujeres homosexuales. Las parejas de hombres gays están mucho más representadas en el mundo del cine y de las series. También en los spots publicitarios, en los que siempre suele escogerse una pareja masculina como referencia del colectivo homosexual. Las parejas de hombres son más cosmopolitas y más cool, aunque suene frívolo. Las de lesbianas, en cambio, tienen dos vertientes. Por un lado están las lesbianas hipersexualizadas, mujeres muy atractivas de las que se explota el lado más erótico de su relación para el deleite de los hombres, tanto en el porno lésbico como en películas, series y videojuegos comerciales. En el otro lado están las lesbianas masculinizadas, aquellas que son juzgadas y vistas como ‘marimachos’, el blanco principal de los ataques homófobos.

Otro aspecto muy ilustrativo es el trato que reciben los personajes famosos que “salen del armario”, una expresión que, en mi opinión, debería quedar obsoleta. El cantante Ricky Martin y el actor Colton Haynes recibieron mucho apoyo y cariño tras declararse públicamente homosexuales. La pareja compuesta por Neil Patrick Harris y David Burtka es alabada en cada una de sus apariciones públicas. Pero… ¿qué pasa con las famosas que se atreven a revelar su condición sexual? Para empezar, hay que tener en cuenta que son muchas menos que los hombres. De hecho, algunas ni se atreven a reconocerlo del todo, como la presentadora Sandra Barneda, que pronunció un comprometido discurso en el programa ‘Hable con ellas’ pero no llegó a hablar de sí misma. Las que sí dan el paso del todo, como Ellen Page, se enfrentan a todo tipo de críticas y burlas como el clásico “Ya se sabía que era lesbiana por esas pintas. Es muy poco femenina”.

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“¡Qué monos!”. ¿Escuchamos lo mismo con las parejas de lesbianas?

Hay que mirar hacia delante y acabar con la discriminación, pero con la discriminación en todas sus vertientes. Solo así llegará el día en el que tengamos que dejar de escuchar estupideces como “¿Por qué no se celebra el Día del Hombre? ¿Y el del Orgullo Heterosexual?”.

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Los políticos que no amaban a las mujeres


A falta de poco más de diez días para las Elecciones Generales, los candidatos de los principales partidos de España están volcados en la campaña electoral. Una campaña que, por cierto, ha obviado a las mujeres. Las ha borrado. Las ha olvidado.

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¿Os acordáis del debate “de mujeres” del que ya hemos hablado en este blog? Yo tenía la esperanza de que se ahondara en cuestiones que nos afectan a todas las féminas (desigualdad salarial, aborto, micromachismos, etc.), pero no fue así. Simplemente se mencionó la violencia machista y de forma más que superficial. “La violencia de género es un problema muy grave. Hay que hacer algo”. Esa es la brillante conclusión a la que llegaron las ponentes. Algo obvio, por supuesto. Todas estaban de acuerdo en este punto, así que lo pasaron por encima sin profundizar en las causas y posibles soluciones a esta gravísima problemática social.

Unos días después, llegó el debate de los cuatro candidatos a la presidencia. Mariano Rajoy (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Unidos Podemos) se vieron las caras en un debate que presentaron como “histórico”. Pero lo que fue histórico es el ridículo que hicieron todos los interlocutores al olvidarse de las mujeres, de la mitad de sus votantes y de la sociedad. Se habló del paro, de la cuestión de la independencia de Cataluña y hasta de Grecia y Venezuela. Hubo tiempo para reproches y para echarse en cara errores del pasado. Las mujeres, en cambio, tuvimos que conformarnos con 26 segundos. Sí, 26 míseros segundos de un debate de más de dos horas. 26 segundos en los que únicamente se mencionó uno de los muchos problemas que nos afectan a las mujeres, la violencia machista. 26 segundos para una lacra que nos ahoga y asfixia, para un terrorismo machista que se ha cobrado 20 víctimas en lo que llevamos de año. 26 segundos para 846 mujeres muertas desde 2003. 26 segundos para las más de 300 denuncias al día que se registraron en 2015 y para todas aquellas mujeres que ni siquiera se atreven a denunciar. 26 segundos que se repartieron Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, ya que ni Rajoy ni Rivera se dignaron ni a mencionar el tema. Un récord histórico, sí, pero un récord de vergüenza.

Hay que hablar de violencia machista y hay que hacerlo sin cobardía. El camino fácil es evitar este tema o reducirlo a un simple comentario de unos segundos para no perder el voto machista. Sí, el voto de todos aquellos que piensan que la violencia machista no es un problema grave, que es una patraña inventada por los sectores feministas para victimizar a la mujer. La opción más cómoda es evitar mencionar palabras como “feminismo” o “patriarcado”, pues se puede correr el riesgo de Alberto Garzón, blanco de burlas de periodistas como Carlos Herrera por atribuir la matanza de Orlando al “heteropatriarcado”. De nada sirve aumentar condenas a maltratadores y abrir más refugios para víctimas de violencia machista si cuando se tiene que hablar del tema ante millones de espectadores, se ignora. La única forma de acabar con esta lacra es a través de la educación, llamando a las cosas por su nombre, explicando a jóvenes y mayores que su causa es el machismo y derribando los mitos establecidos.

Voy a ser clara: que no nos vendan la moto. Que no digan que la violencia machista “es un problema muy grave” pero no dediquen ni 30 segundos del bloque de políticas sociales de un debate electoral. Que no se enorgullezcan del número de mujeres que militan en sus partidos. Que no piensen que nos vamos a contentar con unas simples cifras. Que no nos utilicen para hacerse reproches entre ellos o colgarse medallas. Que no se olviden de que las mujeres somos la mitad del electorado pero, sobre todo, la mitad del planeta.

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