Nada es cierto hasta que un hombre lo diga


Hace unos días, han salido a la luz unas declaraciones del director Bernardo Bertolucci que han escandalizado a medio mundo. En 2013, el italiano confesó en una entrevista en La Cinémathèque Française de París que la escena más famosa de su película ‘Último tango en París’ fue rodada sin el consentimiento de uno de sus protagonistas. Nos referimos al momento en el que Paul (Marlon Brando) utiliza mantequilla para penetrar analmente a Jeanne (Maria Schneider). Sí, Bertolucci y Brando se pusieron de acuerdo para filmar esta escena sin contarle nada a Maria. Dicho en otras palabras: el director y el actor se pusieron de acuerdo para violar a una mujer y grabarlo para la película.

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Bertolucci, Marlon Brando y Maria Schneider (1973)

“Quería ver su reacción como chica, no como actriz”, explicó el italiano sin inmutarse a pesar de ser cómplice de una agresión sexual vendida como arte. Y es que, después de todo, Bertolucci consiguió su objetivo: una escena impactante en la que las lágrimas y el dolor de Maria Schneider son totalmente reales. Todo vale por una buena película que te encumbre como en lo más alto de Hollywood, ¿verdad?

Lo más triste de todo es que Maria Schneider ya había denunciado públicamente durante años este tormento. Siempre describió la escena de la mantequilla como uno de los episodios más dolorosos de su vida. Se sintió impotente y quedó marcada para el resto de su vida, hasta que finalmente falleció en 2011 a causa de un cáncer. Murió sabiendo que nadie la creía, a pesar de ser la protagonista de los hechos o, mejor dicho, la víctima de un delito que fue aplaudido por los críticos y la sociedad. Su testimonio no valía nada al lado de las versiones de hombres poderosos como Bertolucci o el propio Brando que, por cierto, fueron nominados a los premios Óscar de 1973 como Mejor Director y Mejor Actor por esta película.

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Estrella de Marlon Brando en el Paseo de la Fama (Hollywood). Maria Schneider es la única de los tres que no tiene una.

Hasta que el propio Bertolucci no ha reconocido planeó una violación para su película más famosa y se lucró de ello, nadie ha creído que esto fuera posible. Ha tenido que llegar un hombre y contar su versión para que Maria Schneider dejara de parecer una mentirosa o, en el mejor de los casos, una exagerada. Parece que nada es cierto hasta que un hombre lo constate….

Pero no es la primera vez que esto ocurre. Nunca nadie ha creído a Dylan Farrow, hija de Woody Allen, cuando narraba los abusos a los que le sometió su padre. Tampoco nadie creyó a la testigo protegida que reveló el Caso Torbe, a pesar de que algunos de sus implicados como David De Gea ni siquiera se han dignado a dar explicaciones. Todos dudaron de Amber Heard cuando denunció los malos tratos por parte de Johnny Depp. A ellas, las mujeres que se atreven a cuestionar y denunciar a grandes hombres, a genios del mundo del cine o del deporte, nadie las cree. No importan las pruebas que presenten, su testimonio siempre es descartado o puesto en duda. Por supuesto que hay que respetar la presunción de inocencia de los acusados, pero eso no quiere decir que haya que ignorar los testimonios de estas mujeres, siempre tildadas de “aprovechadas” que quieren desprestigiar o ensuciar la reputación de “los intocables”.

Todo vale en el cine, o al menos ese es el mensaje que transmitió Bertolucci. Esto me repugna y no debemos mirar hacia otro lado o ser menos duros con Bertolucci o Brando por mucho que nos gusten sus películas o sus actuaciones. Ya lo ha explicado muy bien Jessica Chastain en su Twitter: “A toda la gente que adora esa película: estáis viendo a una chica de 19 años siendo violada por un hombre de 48. El director planeó el ataque”. Así, sin tapujos. Y ante nuestros ojos. Esto es lo que hacen algunos de los intocables a los que siempre damos crédito.

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Las feministas de ahora


– “Las feministas de ahora sois muy radicales”

– “Las feministas de ahora no buscáis la igualdad”

– “Las feministas de ahora sois unas feminazis”

– “Las feministas de ahora os quejáis por todo”

– “Las feministas de ahora os pasáis”

Las feministas de ahora somos malísimas. Odiamos a los hombres y comemos niños. Somos unos monstruos que nada tienen que ver con las sosegadas feministas de antes. Eso es lo que parece, ¿no?

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Ahora hablando en serio: si me dieran 1€ cada vez que me llaman “feminazi” o, en el mejor de los casos, “radical”, sería millonaria. Al igual que otros y otras feministas, intento tomármelo con humor, pero lo cierto es que acaba molestando. Molesta y, sobre todo, duele, porque el insulto “feminazi” no es nuevo. Hace siglos, también se insultaba y descalificaba al movimiento feminista y a los que participaban en él. Sí, a esas feministas de antes con las que actualmente nos comparan, como queriéndonos decir que nos hemos asalvajado y hemos corrompido el movimiento que nació con ellas. Pero, en mi caso, tengo la conciencia muy tranquila porque las feministas de antes estarían orgullosas si nos vieran.

Tal y como explica brillantemente Beatriz Serrano en el artículo ‘En 1906 ya llamaban a las mujeres feminazis’, las feministas del siglo XIX también fueron perseguidas y atacadas (podéis verlo en la película ‘Sufragistas’, por ejemplo). Y es que si el feminismo actual os parece radical, las sufragistas no lucharon por conseguir el voto femenino lanzando flores al aire, precisamente. Ante los continuos ataques de una sociedad que se negaba a considerar a la mujer como una ciudadana con derechos, las sufragistas se movilizaron y organizaron revueltas en las que, en ocasiones, dañaban escaparates y mobiliario urbano. No las escuchaban en el Parlamento y decidieron luchar en las calles. Y sí, eran radicales, pero es que un movimiento social es radical por definición. Es radical porque tiene un objetivo claro por el que lucha incansablemente contra un sistema discriminatorio con el que hay que acabar.

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Cartel anti-sufragistas (1909)

Por tanto, las feministas de antes y las feministas de ahora compartimos lucha y somos atacadas de igual forma, aunque haya algunos que no quieran recordar el pasado. A nosotras nos llaman ‘feminazis’ y a ellas las llamaban ‘suffragettes’, término empleado para definir de forma despectiva a las mujeres que reivindicaban su derecho a voto. Contra el feminismo de nuestras antepasadas surgió todo un movimiento machista que extendía su odio a través de dibujos y carteles, en los que se avisaba a los hombres de lo peligroso que podía llegar a ser tener una esposa ‘suffragette’. Con esto intentaban descalificar el movimiento, y hacer que las feministas y su círculo cercano se sintieran avergonzados. Por eso, representaban a las sufragistas como mujeres feas, agresivas, de aspecto monstruoso. ¿Esto no os recuerda a los memes que hoy en día circulan por Internet? Sí, esos tan “graciosos” que muestran a las feministas como mujeres amargadas, despiadadas y horribles cuyo único objetivo es acabar con el sexo masculino.

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Viñeta anti-feminista (2015)

Mismos insultos, mismos prejuicios, misma ignorancia… la Historia avanza, pero hay cosas que no cambian. En nuestra mano está conseguir que sí lo hagan.

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¿Cómo afecta a las mujeres que Trump sea presidente?


Donald Trump y yo tenemos algo en común: nuestra película favorita es ‘Pulp Fiction’. Sin embargo, nuestras razones son bien distintas.Y es que Trump declaró sentirse emocionado con una parte específica de la película. En concreto, cuando uno de los personajes obliga a otro a callar a su mujer a punta de pistola. Según Trump, “la mejor parte de cualquier película es cuando hacen callar a las mujeres”. Y eso es lo que va a hacer él en su gobierno: silenciar a las mujeres.

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Siento indignación y siento rabia. No vivo en Estados Unidos, pero no importa. La reciente victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses nos afecta a todos. Colectivos como los inmigrantes o los homosexuales son los que experimentarán las peores consecuencias del mandato de un magnate que carece de experiencia política y desprende soberbia y odio.

Las mujeres somos la mitad del planeta, pero seguimos siendo consideradas el sexo débil. Ahora, el país más poderoso del mundo está bajo el influjo de un hombre misógino que no ha tenido ningún reparo en demostrar su ignorancia y su desprecio hacia las mujeres en público. Desde luego, no soy experta en política estadounidense, pero creo que es fácil adivinar lo que les espera a las mujeres de Estados Unidos (y al género femenino en general) en el gobierno de Donald Trump. Estas son algunas frases sobre las mujeres que el recién electo presidente de EEUU ha pronunciado ante políticos, periodistas y el mundo:

1. “Las mujeres son, en esencia, objetos estéticamente agradables”
Por desgracia, Trump no es el único que considera a las mujeres meros objetos. Pero, a diferencia de otros, él no duda en decirlo abiertamente y hasta plasmarlo por escrito en su libro ‘Trump 101’.

2. “El acoso sexual en el ejército es algo totalmente esperable”
En mayo de 2013, Donald utilizó Twitter para ofrecernos su opinión sobre este tema. Parece ser, que el acoso sexual en las fuerzas armadas es algo totalmente normal: “¿Qué otra cosa esperaban, si mezclaron a los hombres con las mujeres, genios?”. Ya sabéis, mujeres, si os violan es culpa vuestra. ¿Quién os mandaría a vosotras alistaros en el Ejército y luchar por la profesión que amáis?

3. “Si una mujer quiere ser periodista, debe ser sensual”
¿Formación? ¿Esfuerzo? No, amigos, no: si una mujer quiere ser periodista, el principal requisito que debe cumplir es estar buena. Tal cual.

4. “Darle a tu mujer objetos de valor es un terrible error”
Pero no nos asombremos. El machismo de Trump no es nuevo. Ya en 1990 aseguró que jamás le compraría joyas ni obras de arte a Ivana, su primera esposa, porque “las mujeres no deben tener objetos que puedan convertir en dinero”.

5. “Cuando eres una estrella, puedes hacer con las mujeres lo que quieras. Agarrarlas por el coño, lo que sea”
No hace falta que comente nada al respecto, ¿verdad?

A todas esas repugnantes declaraciones se suman otros hechos también despreciables. Por ejemplo, acumula varias denuncias por abusos sexuales a varias mujeres (Rachel Crooks, Jessica Leeds o Summer Zervos). Más de una vez ha atacado a su contrincante, Hillary Clinton, utilizando el machismo como arma (“Si Hillary no puede satisfacer a su esposo, ¿cómo va a satisfacer a Estados Unidos?”, escribió en Twitter durante la campaña electoral). También ha insultado a otras mujeres famosas como la actriz Angelina Jolie (“Ha tenido tantas parejas que ya no me parece atractiva”) o la cantante Cher (“Cher está sola y es una perdedora”). Llamó gorda a Kim Kardashian y a Alicia Machado, ex Miss Universo. Abandonó un juicio cuando una abogada pidió una pausa para amamantar a su bebé, mientras exclamaba “¡Es repugnante”. Incluso, permitió que un periodista radiofónico llamara “pedazo de culo” a su propia hija, Ivanka.

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Photo by Chip Somodevilla/Getty Images

¿Qué podemos esperar de un hombre así? Hará América grande, sí, pero grande en machismo, intolerancia y sinrazón.

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Lo mataron por puto


Daniel fue asesinado por puto. Bueno, mejor digamos que ‘murió’ por puto, para no escandalizar. Es que somos muy sensibles. Y, total, es lo mismo, ¿no? “Morir”, “ser asesinado”… ¡Bah! Son solo palabras. No hay que darle tantas vueltas al lenguaje.

Pobre Daniel… Tenía dos hijos y están destrozados. Su esposa, también. Pero es que ya le vale a Daniel. ¿Quién le mandaría caminar solo por la calle en plena noche?

A Daniel lo mataron entre tres chicas. Le metieron en un coche por la fuerza y él ya no pudo escapar. Pobre Daniel… Pero podría haber ido más ‘tapadito’, para qué nos vamos a engañar. No es que fuera su culpa, claro, pero algo de responsabilidad sí que tiene. Es decir, si no quieres que te ataquen o te violen, no vayas provocando. No lleves pantalones cortos a no ser que sea de día o que vayas con tu pareja. Si no, no te extrañes de que te miren, te piropeen o te asesinen.

Antes de morir, Daniel fue drogado y agredido sexualmente. Bueno, aunque a juzgar por el vídeo que grabaron las chicas y que se ha hecho viral en Internet, él no opuso mucha resistencia. Podría haberles dicho que parasen o que no grabasen. No sé, podría haber gritado. Podría haberlo impedido. Podría haber hecho algo.

Le desnudaron, le vejaron y se aprovecharon de él. Después le pegaron. ¡Pobre Daniel! Tuvo que sufrir muchísimo. Y encima el vídeo está circulando por Internet. Qué vergüenza tiene que estar pasando su familia. Mira que exponerse así y no impedir que lo violaran y lo mataran. Uf… Si no hubiera estado solo de noche en esa calle y si hubiera vestido pantalón largo, todo habría sido diferente. Pero, claro, ya se le veía venir. Solo hay que ver su Instagram. Sus fotos son bastante subidas de tono. Ya sabéis, sin camiseta, en bañador, enseñando las piernas… Y, además, ha tenido muchas novias. Solo hay que preguntar en su barrio. El chico siempre ha sido un poco suelto. Sí, un poco fresco. Un poco puto. Ojalá el caso de Daniel sirva para que el resto de hombres aprendan la lección y se hagan respetar. Que luego vienen los sustos, claro.

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Por suerte, Daniel no existe. Es un simple personaje inventado. Pero sí existen Lucía Pérez, Florencia Aguirre y María Ángeles. Ellas son mujeres que han sido asesinadas por el hecho de ser mujeres. Han sido atacadas, mutiladas y/o violadas. Ellas ya no están.

¿Y si cambiamos de género este relato? Sustituyamos al ficticio Daniel por Lucía. O por Florencia. O por las 38 mujeres que han muerto en 2016 solo en España. Mientras que con Daniel nos escandaliza, con las mujeres quizá ya no tanto. Al menos, no a los medios de comunicación que hablan de mujeres que “mueren” en vez de mujeres a las que matan, a las que arrebatan la vida. Tampoco a gran parte de la sociedad, que está más preocupada de descubrir qué hizo la víctima mal en vez del agresor. Personas que cuestionan a las mujeres por su vestimenta, su sexualidad, sus hábitos o su estilo de vida. Personas que juzgan a la persona equivocada.

No caigamos nosotros en ese error. No seamos cómplices de las muertes de Lucía, María José o Estefanía. No ayudemos al machismo a matar.

#NiUnaMenos

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Las mujeres fuertes de ‘Stranger Things’


Si algo ha marcado el verano 2016 (incluso más que los Juegos Olímpicos) ha sido ‘Stranger Things’. Los hermanos Duffer han apelado a la nostalgia con esta serie plagada de referencias a la cultura pop de los años 80. Pero ‘Stranger things’ es mucho más que una ficción que recuerda a películas como ‘Los Goonies’ o ‘E.T’. Y es que, si hay algo interesante en la apuesta de Netflix es el peso que se le da a los personajes femeninos. Las mujeres de ‘Stranger Things’ acaparan el protagonismo, pero además son representadas como heroínas fuertes, inteligentes y luchadoras.

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La trama gira en torno a Will Byers (Noah Schnapp), un niño de doce años que, tras pasar el día jugando con su pandilla a ‘Dungeons & Dragons’, desaparece en misteriosas circunstancias. Al percatarse de su ausencia, su madre, Joyce (Winona Ryder) hace todo lo posible por encontrarle. Joyce es una madre soltera que trabaja duro dentro y fuera de casa para sacar adelante a su familia. A pesar de vivir en un pueblo pequeño en el que los rumores y las habladurías están a la orden del día, Joyce no se rinde en la búsqueda. No le importa que hasta su hijo Jonathan (Charlie Heaton) piense a veces que está loca: no hay nada que pueda parar a una madre decidida y valiente.

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Nancy Wheeler (Natalia Dyer) es otro de los personajes femeninos protagonistas de ‘Stranger Things’. Es cierto que su personaje es más estereotipado (típica chica guapa y popular del instituto), pero va evolucionando a lo largo de la serie. Es una adolescente inteligente y buena que no se hunde cuando la juzgan por haber tenido sexo con un chico. También se atreve a criticar hasta su propia madre, que sacrificó sus sueños personales por tener una vida cómoda casándose con un hombre con dinero. Además, poco a poco va demostrando que no se le caen los anillos por empuñar un arma (ni por enfrentarse a seres paranormales).

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El personaje de Nancy no podría entenderse sin su best friend, Barb (Shannon Purser). No es que sea muy protagonista, pero la templanza y la lealtad son sus señas de identidad. Tiene las cosas claras y no se deja llevar por la gente cool del instituto. Valora la amistad por encima de ser popular y, por eso, la queremos.

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Pero si hay un personaje que ha marcado a los seguidores de la serie es el de Once (Millie Bobby Brown). Esta inquietante niña llega al pueblo con un desconocido pasado detrás y con alucinantes poderes. Es dura y fuerte, pero también sensible y muy fiel a sus amigos. Además, demuestra que es capaz de derrotar y avergonzar a unos machitos matones sin mover un dedo ni mancharse el vestido.

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Todos somos machistas


El machismo no es cosa del pasado. Todos somos machistas, aunque no lo parezca. Sin excepción. Claro que hay distintos grados, pero aun así ninguna persona se salva de albergar aunque sea algo de machismo en su cuerpo. Desde la gente que parece salida de una caverna hasta las personas que se declaran feministas y luchan activamente por la igualdad. De una manera u otra, el machismo está en todos ellos, en todos nosotros.

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Hace unos días estaba leyendo un libro en el que una mujer era infiel a su marido con dos hombres distintos. A su vez, otro personaje del libro, esta vez un hombre, también engañaba a su esposa con otras mujeres. Me di cuenta de que me enfadaba mucho más la infidelidad del personaje femenino que la del masculino, cuando los dos habían sido infieles por igual. En mi cabeza, culpabilizaba más a la mujer infiel que al hombre, a pesar de que ambos habían engañado a sus parejas. No era algo premeditado, sino inconsciente, pero el hecho de juzgar más a la mujer infiel que al hombre, y hasta justificarle más a él, no es ninguna tontería. A eso se le llama machismo, un machismo que incluso los que nos tomamos muy en serio el feminismo, tenemos dentro. Es fruto de la sociedad patriarcal en la que hemos crecido, de una cultura machista que criminaliza constantemente a las mujeres (por su vestimenta, por sus ideas, por su vida sexual, por su trabajo, por su maternidad, etc.). Tenemos esas ideas incrustadas en el cerebro y por eso hay veces que hasta las propias mujeres actuamos de verdugo de nosotras mismas.

Y como este, vivimos otros muchos episodios machistas (o, mejor dicho, en los que nosotros somos machistas). Insisto en que hay distintos grados de machismo, pero creo que todos caemos en él alguna vez, aunque sea de forma inconsciente.

Somos machistas al fruncir el ceño cuando vemos a una mujer joven con un hombre mayor que ella (“Estará con él por su dinero”). Somos machistas al pensar que una falda es demasiado corta o que un escote es excesivamente pronunciado. Somos machistas al sentir asco cuando vemos a una mujer sin depilar. Somos machistas al enfadarnos más si el conductor que nos hace una faena al volante es una mujer en vez de un hombre. Somos machistas al decir “zorra”, “puta” o “hijo de puta”. Somos machistas al extrañarnos al ver a un niño jugando con muñecas y recelar de la educación que le dan sus padres. Somos machistas al pensar que una chica es “marimacho” por jugar al fútbol o llevar el pelo corto. Somos machistas por decir que una mujer “tiene que ser femenina” y no decir tacos y cruzar las piernas “como una señorita”. Somos machistas al criticar a las famosas que se operan. Somos machistas al sentir lástima por una mujer mayor sin pareja a la que “se le ha pasado el arroz”. Somos machistas por creer que una mujer debe hacerse respetar. Somos machistas por pensar en qué ha hecho mal una víctima de violencia sexual en vez del violador. Somos machistas por reírnos del humor sexista. Somos machistas por hablar más sobre el cuerpo de una deportista que de sus méritos deportivos. Somos machistas por escuchar, cantar o bailar música con letras que denigran a la mujer. Somos machistas a propósito o sin querer, pero lo somos.

Pero tampoco hay que autoflagelarnos. Lo importante es darse cuenta de nuestros errores, de que a veces seguimos mirando el mundo con una mirada patriarcal, de que tenemos que esforzarnos un poco más por cambiar las cosas, de que hay que seguir luchando y de que está en nuestra mano avanzar aún más.

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España, el país que no cuida el deporte (femenino)


En plenos Juegos Olímpicos de Río, todo el mundo habla sobre Carolina Marín. Y sobre las medallas de Mireia Belmonte. Y sobre el triunfo de Lydia Valentín. Pero… ¿y el resto del año?

España ha conseguido (de momento) un total de 11 medallas. 6 de ellas vienen de parte de las mujeres, esas deportistas que son ignoradas el resto del año, esas atletas de las que no hablan los telediarios y que no son portada de los periódicos deportivos. Sí, esas mujeres de las que estos días estamos tan orgullosos pero a las que el resto del tiempo no se les presta atención.

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Según he leído en un artículo de la periodista Carme Chaparro, solo 5 de cada 100 noticias de la prensa deportiva están protagonizadas por mujeres. Y eso que, en lo que llevamos de Olimpiadas, la mitad de las medallas que tenemos se las debemos a ellas. Lo peor de todo es que, de esas escasas noticias protagonizadas por mujeres, la mitad de ellas no son acerca de mujeres deportistas, sino de las novias de los hombres deportistas. Entonces… ¿qué espacio les queda a las deportistas femeninas? ¿Con qué atención se quedan a pesar de su esfuerzo y los triunfos que nos regalan?

Pero, por increíble que parezca, lo peor no es esto. No, lo peor no es que, como dice la propia Mireia Belmonte, los medios presten más atención al nuevo peinado de Sergio Ramos o Neymar que a las medallas de oro de la nadadora. Lo peor no es que se hable poco del deporte femenino, sino que se habla mal. Lo peor son los artículos sexistas sobre las novias de los deportistas masculinos. Lo peor son los ránkings de “Las mujeres más sexys del deporte”. Lo peor son las fotografías del deporte femenino, planos imposibles que enfocan los traseros de las jugadoras de volley o los pechos de las tenistas. Lo peor son las críticas a la espalda “poco femenina” de Mireia Belmonte o al vello en el cuerpo. Lo peor es que que una deportista tenga la regla sea noticia porque la menstruación siga siendo un tema tabú. Lo peor es que los periodistas ni se molesten en documentarse sobre logros femeninos en el deporte y sean los propios atletas los que tengan que recordárselos. Lo peor es que se preste más atención al maquillaje de Lidia Valentín que a su bronce en halterofilia. Lo peor es que los periódicos se sorprendan de que Carolina Marín tenga novio. Lo peor es que no se tome en serio a las mujeres.

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Las mujeres, constantemente sexualizadas en las fotografías deportivas.

Sé lo que muchos dirán: “El deporte femenino no interesa, por eso no se habla de él”. Estos días se está viendo que sí interesa, que a todos nos gusta llevarnos medallas de oro a nuestro país, que a todos nos gusta ganar. Si los medios no informan sobre ello, si dedican tan solo unos segundos en los informativos y un par de páginas en los periódicos, si eclipsan cualquier triunfo femenino con periodismo de declaraciones o noticias de vestuario de fútbol, es normal que la gente pierda el interés. Si las propias federaciones no financian el deporte femenino como se merece y son las propias mujeres deportistas las que tienen que poner dinero de su bolsillo para entrenarse y competir, es lógico que la sociedad no reconozca como se merece a las deportistas femeninas.

Acordémonos de Carolina todo el año. Y de Mireia. Y de Lydia. Y de Maialen Chourraut. Y de Eva Calvo. Y de todas esas chicas y mujeres anónimas que intentan triunfar en un ámbito que, por desgracia, sigue siendo de hombres.

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7 canciones feministas para luchar contra el machismo


La música es poderosa y no hay que subestimar su influencia en la cultura popular y en la sociedad. A través del punk se intentó cambiar un sistema político y social que no se veía justo, mientras que las canciones de artistas como David Bowie o Prince lideraron todo un movimiento de liberación sexual y libertad. Por supuesto, el feminismo también tiene su representación musical y se sitúa en el punto contrario a las sexistas letras de algunas canciones de reggaeton, que no es el único estilo musical que fabrica música machista.

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Estas son algunas de las canciones que exigen igualdad, que hablan de mujeres fuertes y que, en definitiva, hacen del mundo un lugar un poco mejor:

1. ‘Rebel girl’ (Bikini Kill)
“When she talks, I hear a revolution”. Este es uno de los versos de la canción más famosa de Bikini Kill, uno de los grupos más influyentes del movimiento Riot Grrrl. Con estas potentes palabras, las chicas de Bikini Kill hicieron un llamamiento a las mujeres para que lucharan por sus derechos. Ellas pusieron en práctica esta revolución abriéndose camino en un mundo de hombres como es el rock y el punk.

2. ‘She´s a rebel’ (Green Day)
Green Day también habló de todas esas chicas rebeldes e inconformistas con el sistema en ‘She´s a rebel’. Los rumores apuntan a que la canción se refiere en concreto a la cantante Avril Lavigne pero, sea como sea, representa a todas las mujeres que luchan.

3. ‘María se bebe las calles’ (Pasión Vega)
Uno de los retratos más duros de la problemática de la violencia de género lo hizo Pasión Vega en este tema. En nuestro país hay muchas Marías que mueren a manos de sus parejas, mujeres que sufren en la sombra y en silencio y a las que, por desgracia, no siempre escuchamos.

4. ‘Girls just wanna have fun’ (Cyndi Lauper)
Aunque fue escrita por Robert Hazard, ‘Girls just wanna have fun’ se convirtió en un himno feminista gracias a Cyndi Lauper. Es toda una réplica a todos aquellos que siempre han cuestionado y juzgado el papel de la mujer en la sociedad.

5. ‘***Flawless’ (Beyoncé)
Beyoncé es una de las artistas más comprometidas con el feminismo, algo que puede apreciarse en canciones como ‘***Flawless’, en la que mezcla con R&B y rap las poderosas palabras de uno de los discursos más emblemáticos de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, ‘We Should All Be Feminists’. En ‘If a were a boy’ se pone en la piel de un hombre y los privilegios de los que goza por su sexo y en ‘Irrepleaceable’ demuestra que la dignidad de una mujer no acaba tras una ruptura.

6. ‘Malo’ (Bebe)
Junto a ‘María se bebe las calles’, este tema de Bebe es uno de los cantos contra la violencia machista más potentes de la música española. También hay que destacar ‘Ella’, canción con la que deja claro que el mundo también es un lugar de mujeres.

7. ‘Acabado en A’ (El canto del loco)
No podía terminar esta lista sin incluir uno de los grupos de mi adolescencia. Sí, yo fui carpetera de El canto del loco. En su disco ‘Personas’ podemos encontrar este tema tan cañero que en su día me sorprendió por su contenido feminista. “De no ser por ellas nos extinguimos, son valientes y nosotros no” es solo una de las pruebas de ello.

Empapémonos de música inspiradora y enterremos todas esas canciones que incitan al sexismo. O sigamos el ejemplo de Las Insumisas, unas chicas que tiñen de violeta las letras machistas de algunas canciones. A mí me gusta especialmente ‘Sin ti liberada’, versión feminista de ‘Sin ti no soy nada’ de Amaral.

Y a vosotr@s, ¿se os ocurren más canciones feministas?

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¿Por qué llamamos ‘putas’ a las madres?


En cualquier discusión acalorada que se precie, es muy fácil escuchar insultos como “hijo de puta”. También podemos encontrar este despectivo apelativo en contextos jocosos o de broma (“Estás hecho un hijoputa, tronco”). Puede parecer una cuestión banal, pero yo me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué llamamos “puta” a la madre de nuestro interlocutor para ofenderle? ¿Qué tiene que ver ella con la discusión o con el asunto en sí? ¿Por qué siempre se ataca a las mujeres aunque sean totalmente ajenas al tema?

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Sé lo que me van a decir muchos al leer este artículo: EXAGERADA. Me van a decir que llamar a alguien “hijo/a de puta” no es machista y que veo sexismo donde no lo hay. Pero sí hay machismo y lo seguimos perpetuando día a día con el lenguaje.

Para empezar, nos encontramos ante un insulto machista porque se está intentando vejar a una mujer que ni siquiera está presente en la conversación. Muchos dirán que esta expresión está tan lexicalizada que nadie piensa en la madre de la persona a la que insulta, sino que simplemente utiliza este improperio por costumbre, porque está asentando en el lenguaje. Pero el hecho de que efectivamente esté enraizado en nuestra lengua y a veces se emplee hasta por inercia, no lo libera del machismo. Al fin y al cabo, se está nombrando a las madres y se las está insultando, implicando estructuras de poder propias del sistema patriarcal. De hecho, uno de los mayores agravios para un hombre es meterse con su madre, mientras que con las mujeres el abanico de insultos se amplía. Además, jamás he visto que nadie insulte al padre de su interlocutor para ofenderle, mientras que en el caso de las madres sí existe un vocablo concreto que, utilizándose inconscientemente o no, las alude y ofende repetida y constantemente.

Por otra parte, “hijo de puta” es una referencia a las mujeres prostitutas de forma despectiva. Además del propio sexismo que ejercer la prostitución implica, este colectivo es un blanco recurrente de burlas e insultos. Los que emplean la palabra “puta” para tratar de humillar a alguien se olvidan de que los que realmente deben avergonzarse son los chulos o los que fomentan la trata de personas con fines de explotación sexual. Eso sí que es asqueroso.

Tenemos que acabar con los usos machistas del lenguaje. Tenemos que dejar de decir “me cago en tu madre” o “me follé a tu madre” para herir el orgullo de nuestro interlocutor, táctica que se utiliza sobre todo con hombres. Tenemos que dejar de creer que un zorro es un hombre listo mientras que una zorra es una prostituta. Y tenemos que quitarnos la idea de la cabeza de que ser puta es una vergüenza. Hablemos con propiedad y, sobre todo, dejemos a las madres tranquilas.

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El lado oscuro de los Sanfermines: el machismo


Hoy todo el mundo habla de los Sanfermines, pero muy pocos lo hacen del machismo que año tras año se ve en las fiestas más famosas de Pamplona. Las agresiones sexistas se multiplican en temporada de fiestas, ya que muchos hombres aprovechan las aglomeraciones de gente y la pasividad social para agredir a mujeres. Y con agredir me refiero a tocamientos y acoso sexual escudados en “no es mi culpa que ella vaya borracha”, “ella no dijo que no” y “en fiestas todo vale”.

No, en fiestas no todo vale. No me parece una excusa para agredir a una mujer. Porque, por mucho que le cueste a muchos entenderlo, una agresión no solo implica violencia física. Creerse con el derecho de manosear el cuerpo de las mujeres, de intimidarlas, de tratarlas como objetos, también es agredir. Agresiones que, por cierto, año tras año quedan impunes.

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Este año, el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, ha incluido una cláusula en el bando municipal de las Fiestas de San Fermín en el que insta a la sociedad a “adoptar una actitud activa” al presenciar este tipo de agresiones. Eso está muy bien, pero sería mucho más efectivo hablar de multas y condenas por parte del Ayuntamiento a los agresores. La sociedad no va a abrir los ojos por mucho que lo diga el alcalde, ni va a adoptar una actitud activa. El machismo está tan incrustado en la estructura social que todavía cuesta identificar como machistas las agresiones que se producen en los Sanfermines. Lo más común es restar importancia, pensar que es normal que una mujer sufra tocamientos porque “son fiestas, hay mucha gente y hay mucho alcohol”.

Da igual si la víctima o el agresor están ebrios: la agresión no está justificada. Tampoco hay que respaldarse en la gran cantidad de gente que acude a estos festejos. Por supuesto, tampoco en las tradiciones. Si restamos importancia a estos sucesos, las propias víctimas lo harán también y será más difícil acabar con ellos. Tampoco es de recibo utilizar estas imágenes en las que un grupo de hombres manosea a una mujer para representar gráficamente los festejos ni como reclamo turístico. No sexualicemos a las mujeres una vez más, por favor.

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“Mujeres y cornadas”, así informa Terra sobre los Sanfermines

Quería acabar el artículo haciendo una mención especial a las reporteras que cubren este tipo de eventos. Ellas, que están allí para hacer su trabajo como lo haría un periodista masculino, se ven obligadas a soportar piropos indeseados y tocamientos en pleno directo. Lo más grave es que algunos de estos vídeos son tomados a risa por los compañeros varones de las reporteras y por la sociedad en general. Agredir a una mujer no es gracioso.

Tenemos que abrir los ojos y tenemos que hacerlo ya. ¿Cómo pretendemos eliminar el machismo de la política o las cúpulas directivas de las empresas si lo permitimos en las fiestas populares, en el día a día? Llamemos a las cosas por su nombre y no disfracemos el  machismo de diversión.

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